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Lo ecológico no es moda
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 24 de abril de 2007

Sólo porque mañana se celebre el Día de la Tierra no quiere decir que el tema esté de moda.

Rachel Carson escribió en 1962 un libro titulado Primavera silenciosa, y puso a temblar a industriales y políticos de Estados Unidos, que sólo supieron reaccionar acusándola de comunista.

Sin embargo, la contribución de esta bióloga al problema ecológico mundial es indiscutible y su investigación sobre los efectos nocivos de los pesticidas en la vida animal y humana contribuyó a poner en marcha el movimiento ecologista en ese país y la moderna conciencia ambiental del planeta.

Hace cuatro décadas surgen también en Guatemala grandes ambientalistas como Luis Ferraté, Mario Dary y Marta Pilón. Con visiones parcial o totalmente diferentes de las actuales, e incluso desde enfoques distintos, fueron indudablemente los iniciadores del ecologismo guatemalteco.

Durante las tres décadas siguientes surgirían nombres como los de Jorge Cabrera, Magalí Rey Rosa, Marco Vinicio Cerezo, Vida Amor de Paz y otros más empujando el tema; además, mucha gente del interior del país se ha sumando anónimamente a este esfuerzo y ha dado incluso su vida para defender el medio ambiente. Unos más radicales, otros más políticos, otros desde el activismo y hasta algunos políticamente correctos, todos han luchado por el medio ambiente desde sus particulares visiones.

Así que sólo porque mañana se celebre el Día de la Tierra no quiere decir que el tema esté de moda; lo que sucede es que finalmente se va tomando más conciencia del problema ecológico. Así sucede siempre, hay unos pocos que comienzan a estudiar los fenómenos y a alertar sobre los problemas antes de que éstos sean mayores, pero no es sino hasta que estos problemas comienzan a afectar a toda la especie humana cuando la mayoría se toca algo que se llama conciencia.

Ahora que la escasez de agua comienza a ser realidad; ahora que el sobrecalentamiento global nos hace sentir un calor asfixiante; ahora que la matanza de ballenas, delfines y tiburones está afectando los ecosistemas marinos en forma drástica y visible; ahora que los polos se descongelan a gran velocidad y cambian la forma de vida de infinidad de especies (incluso la nuestra); ahora que la deforestación ha cambiado los colores de los mapas del mundo; ahora que los recursos son el porqué de las grandes guerras; sólo ahora la gente se percata de que lo ecológico es vital.

Sin embargo, aún hay empresarios, políticos e industriales que lo niegan y llaman a los ecologistas “ecohistéricos”. Dando patadas de ahogado porque la fauna, la flora o las entrañas del planeta son su modus vivendi, se niegan a aceptar que en poco tiempo podríamos ser apenas una gran carretera asfaltada rodeada de desiertos y muertos.

Y critican a los ecologistas por hacer de la defensa del medio ambiente también un modus vivendi. Ellos sí pueden, los otros no.

A pesar de las evidencias, aún hay un Estados Unidos que se niega a firmar el Protocolo de Kioto; aún hay personas que, para bañarse, usan el agua que serviría para bañar a tres más; aún hay gente que, por necesidad e ignorancia, arrasa los bosques para leña; aún hay madereros que arrasan con los bosques del planeta, y no precisamente por necesidad; aún hay un Japón que quiere conseguir las firmas para acabar con las ballenas; aún hay transnacionales de la minería de oro que dejan desiertos en lo que antes fueran fértiles tierras; aún existe la estupidez que privilegia el dinero sobre los recursos, como si éste fuera a comprar el agua y el alimento cuando ya no existan, o la lluvia cuando ya no llegue.

Algunos compraron ya territorios en la Luna, y otros han comenzado a hacer playas artificiales, con todo y sol y palmeras. Por si se nos agota la Tierra.

Llevo 15 años de hablar sobre la ecología en mis columnas de éste y otros medios escritos. Nombrar el problema ecológico o luchar por revertir el daño que la humanidad se ha hecho a sí misma y a todas las especies vivas del planeta no es una moda, sino un imperativo moral. Es un mecanismo de supervivencia de la especie, un imperativo para quienes creemos que la lógica desde la cual hemos aprendido a relacionarnos con nuestro entorno y con los otros es perversa.

Y esto, de moda, no tiene nada.

Fuente: www.prensalibre.com - 230407


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