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Tradición electoral
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 7 de julio de 2007

Hay que romper este círculo vicioso de la violencia preelectoral.

Cada cambio de gobierno trae consigo su cuota de sangre. Es un secreto a voces, una consigna popular, una tradición guatemalteca, diríamos que casi una rutina nacional: cuando comienza la campaña electoral, se incrementa la violencia en el país y no hay quien no esté consciente de esta realidad. Tanto así, que cada cuatro años escuchamos el “ya viene el año electoral, ya viene la violencia”.

Por el altar del sacrificio pasan innumerables víctimas, y sin embargo parece que los dioses continúan enfurecidos. La violencia no para.

Resulta, además, que tanta carnicería es hasta beneficiosa para ciertos partidos políticos que, durante las últimas cuatro elecciones, la han usado como bandera de campaña para ganar votos.

Sean ellos mismos los que provocan o no la violencia, siempre se sirven de ella con cuchara grande para generar esperanza y capturar votos. Luego, pasan otros cuatro años y la situación permanece igual o se pone peor, hecho que lo único que demuestra es un perverso manejo de la vulnerabilidad ciudadana.

En estas elecciones de 2007, las cosas no han sido muy diferentes y, por el contrario, se han complicado bastante últimamente. En el recuerdo queda aquella reunión de políticos en un foro de partidos que se concretara hace pocos meses, donde todos se comprometieron con la ciudadanía a realizar una campaña de altura, respetuosa y sin violencia.

Hoy, lo que siempre ha sido un secreto a voces, ha salido a luz pública y ha generado un verdadero escándalo: un partido acusa a otro de provocar la muerte de tantos pilotos en manos de mareros, con el fin de desestabilizar más la situación, y con ello capitalizar votos a su favor.

Y detrás de estas acusaciones están las declaraciones de un Ejecutivo que, al inicio, respaldó esta postura, y hoy se maneja con bastante cautela y corrección política.

Es una acusación muy seria, pero para nada novedosa. Quizás lo novedoso sea que los protagonistas de uno y otro lados tienen nombre y apellido. Desde campañas pasadas venimos hablando de partidos que instrumentalizan a las maras o a grupos desestabilizadores para generar más violencia, al punto de que la ciudadanía se siente acorralada y expresa, sin la menor contemplación, un “mátenlos a todos”.

Luego, se hacen encuestitas en las que “casualmente” la mayoría de la gente quiere limpieza social y firmeza a cualquier costo. Y con hechos como éstos, todavía creemos en los políticos de nuestro país y vamos a votar.

No es cierto que la violencia genere inseguridad; es nuestra propia inseguridad física, emocional, ciudadana, económica y jurídica, entre otras, la que ha generado la violencia y la ha erigido como reina de este país.

Por eso, la uniforme solución que plantean todos los partidos de que el Ejército salga a las calles, no es la solución de fondo en el largo plazo. Podrá ser un paliativo, una solución temporal a un problema mucho más complejo, pero no revertirá la cultura de autoritarismo y violencia que venimos arrastrando. Cuando un partido privilegie en su plan de gobierno el gasto social sobre todos los demás, o por lo menos a la par de todos los demás, las cosas comenzarán a cambiar de verdad.

Es cierto que en este momento necesitamos soluciones radicales y de fondo, pero la seguridad en el largo plazo no sólo se obtiene de las armas que tenemos en los bolsillos o en las calles, sino de la educación, de la salud, la justicia, la vivienda, la alimentación y el trabajo. Todo lo que de alguna manera nos permite desarrollar una mayor conciencia de quiénes somos, en dónde vivimos, para qué estamos acá y cómo queremos vivir en este mundo. Todo lo que nos hace humanos y guatemaltecos.

Por algún lado hay que comenzar a romper este círculo vicioso de la violencia preelectoral que, además, es instrumentalizada con obscenidad por quienes después se confirman incapaces de solucionarla o detenerla. La ira de los dioses menores se aplaca con sangre y por un breve tiempo, por eso es que cada cuatro años repetimos el ritual.

Romper esa tradición pasa por resistirnos a las formas habituales del ejercicio del poder, porque ya sabemos que no vamos a llegar a otra parte haciendo las mismas cosas que hasta ahora nos tienen dando vueltas en el mismo lugar.

Fuente: www.prensalibre.com


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