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La carretera
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 4 de octubre de 2007

El diseño y la construcción de cualquier carretera deben partir siempre de criterios humanos.

Lo peor que le puede pasar a un país es tener una casta política corrupta, ambiciosa y servil; una casta económica avorazada y sin conciencia, y una población analfabeta, empobrecida y atemorizada.

Cuando así sucede, cualquier viento que llega de fuera es capaz de hundir el barco. Digo esto porque de nuevo se ha puesto sobre la mesa el tema de los ocho tramos carreteros que forman parte del Plan Puebla-Panamá (PPP) y que amenazan con atravesar buena parte del poco territorio selvático que nos va quedando en Petén, específicamente en la Biosfera Maya.

No dudo que abrir un camino y desmontarlo haya sido una de las primeras señales civilizatorias, y considero una carretera principalmente un sinónimo de desarrollo. Sin embargo, es fundamental que el diseño y construcción de cualquier carretera partan siempre de criterios humanos.

Y la pregunta debería ser: ¿Esta carretera va a traer beneficios para muchos o muchos beneficios para muy pocos? Para que una carretera responda a sus verdaderos objetivos de unir comunidades y personas, de fomentar desarrollo, de llevar salud, educación, cultura y bienestar, ha de ser pensada en función de los seres humanos que se verán directa e indirectamente afectados por ella.

Petén es el departamento de Guatemala que tiene menor cantidad de habitantes por kilómetro cuadrado, y ello se debe, en buena parte, a su lejanía de la capital, pero sobre todo, a que es un territorio que aún posee una biodiversidad única y un patrimonio cultural riquísimo.

Con el tema del cambio climático, no hemos medido el impacto que podría tener el seguir deforestando la selva petenera, cuando sabemos que uno de los pocos amortiguadores que va quedando en esta región del mundo frente a este problema de toda la humanidad, es precisamente nuestra Biosfera Maya.

Cifras del Banco Mundial señalan que, por cada kilómetro de carretera que se construye en áreas boscosas, el índice de deforestación es de 4 a 24 kilómetros a ambos lados de la carretera construida. Esto la hace una vía de penetración agresiva, sobre todo en un área conservada.

Se provoca entonces el cambio del uso de suelo, llegan personas, se establecen otros cultivos, se queman los bosques, y sucede como con el parque de la Laguna del Tigre, precisamente en Petén.

Luego de que se abriera la carretera que atraviesa el río San Pedro para la explotación petrolera, la deforestación ha ido en aumento, y ahora poco va quedando de ese parque, también área protegida.

Según cifras proporcionadas por el Instituto Nacional de Bosques (INAB), en la década de 1991 al 2001 se perdieron en promedio 331 mil 33 hectáreas de bosque en Petén. Y eso sin muchas carreteras.

Hoy, el mismo INAB señala que anualmente se pierden 47 mil 412 hectáreas de bosque. A ese ritmo, en unos 40 años tendríamos nuestro propio Sahara. Y si le metemos más carreteras, sería aún antes.

El tema de la preservación de la Biosfera Maya no es una cuestión de monos gordos y gente hambrienta, como han querido plantearla los neoantiecologistas. Aquí, Guatemala pierde y el mundo pierde.

Según el informe del Fondo de Conservación Estratégica y de la Universidad de Duke, realizado por cinco especialistas estadounidenses, Guatemala perdería US$39.4 millones por la deforestación que estas carreteras provocarían, y México otros US$21 millones. Y esto no se queda ahí. Los proyectos carreteros impactarían definitivamente el medio ambiente de este país y del mundo entero.

Si nos convertimos en un pulmón quemado, haremos que el mundo escupa sangre. Menos lluvia, más calor, menos aire limpio, más contaminación, pérdida definitiva de especies de flora y fauna, más desastres “naturales” y más seguido.

Cuando se abre una carretera en zona protegida y no se planifica en un contexto de desarrollo humano, los resultados terminan beneficiando a muy pocos y perjudicando a muchos.

Habrá que diseñar estrategias y políticas ambientales que busquen contener el avance en las áreas protegidas; de lo contrario, Guatemala va camino de convertirse en una gran carretera bordeada por maquilas, desiertos y hambre. Y no solo ella.

Fuente: www.prensalibre.com


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