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Sobre la raza
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 12 de octubre de 2007

En nuestra Guatemala de hoy, hay quienes aseguran que el racismo nunca ha existido.

Una cosa es que el concepto de “raza” carezca ya de sentido, tal como lo plantean los científicos de la biología molecular y los genéticos del proyecto Genoma Humano, a raíz de haber descubierto que no existen diferencias genéticas entre personas y grupos que supuestamente eran diferentes.

Otra cosa es que sigamos practicando el racismo o el etnocentrismo en nuestra sociedad. Así, el calificativo “racismo” se traduce hoy en cualquier actitud o manifestación que reconoce o afirma, tanto la inferioridad de algunos colectivos étnicos, como la superioridad del colectivo propio.

Con ello se afirma que la diferencia no es biológica o “natural” como sostienen los deterministas o los que están desinformados, sino de índole cultural.

En nuestra Guatemala de hoy, hay quienes aseguran que el racismo nunca ha existido, que es un producto de mentes calenturientas y resentidas, y que cualquiera de nosotros discrimina a otros seres humanos igual que discrimina todos los días entre todas las cosas que elige o aparta de su vida.

Comparan así el elegir un jabón, con elegir a un ser humano para que participe en los espacios que por derecho tenemos todos los hombres y mujeres que nos consideramos ciudadanos.

El hecho de que un restaurante se reserve el derecho de admitir a una mujer porque viste traje indígena tiene la misma connotación que el hecho de que una sociedad y un Estado se reserven el derecho de admitir en los ámbitos educativos, sociales, económicos, políticos y de desarrollo a hombres y mujeres por su condición étnica.

Todo parte de una medición realizada a partir de la vara occidental y de una visión asimilacionista: o se adaptan a este estilo de vida, o quedan fuera de todo. Y aunque en términos prácticos tengan razón en cuanto a acceder más rápido a oportunidades de desarrollo, no es cierto que esto vaya a ser más beneficioso para todos a la larga.

Poco a poco podemos ir articulando las diferencias culturales, respetándolas y valorándolas en lo que cada una vale. Por ejemplo, si antes en las escuelas les pegaban en la boca a los niños y niñas indígenas cuando hablaban en su idioma materno, ahora las cosas han cambiado y ya lo hablan no solo en esos espacios sino en muchos otros, con toda libertad. Son pequeños pasos en el sentido correcto, que se enmarcan en un proceso de interculturalidad real, no sólo discursivo.

Para medir cuánto hemos avanzado o involucionado en esto de tejer culturas distintas, yo siempre pregunto a personas ladinas y mestizas: ¿usted dejaría que sus hijos o hijas se casaran con indígenas?, y lo mismo hago con indígenas.

La respuesta en la mayoría de los casos es el silencio. Pocos dicen abiertamente que no, pero la mayoría lo deja en el aire, o al menos lo piensa dos veces. ¿Y por qué hago esta pregunta?

Porque, como dice Marta Elena Casaús Arzú en su libro Guatemala: linaje y racismo, a partir de 1980 la historia social y de las mentalidades guatemaltecas centran sus investigaciones en la familia para poder aproximarse al estudio de las actitudes, relaciones de parentesco y comportamientos de poder, especialmente de los grupos dominantes.

Y esto se cumple tan bien en la práctica, que tenemos millones de personas guatemaltecas no registradas como ciudadanas, principalmente mujeres e indígenas. Lo anterior nos dice qué redes familiares sí se han convertido en estructuras de poder y quiénes ni siquiera han llegado a ser considerados sujetos aptos de establecer una familia.

No es casualidad que en las escuelas todavía se cuente la leyenda de un indígena llamado Tecún Umán que murió luchando como un héroe por su pueblo frente al conquistador. Y fue tan héroe, tan héroe, que un quetzal se posó en su pecho sangrante y manchó de rojo su plumaje. Así que, gracias a aquel indígena que resistió hasta el final pero fue vencido, hoy tenemos que cargar con nuestro propio mito de la caverna.

Estas leyendas les encantan a aquellos que dicen que “cada mico debe estar en su columpio”, pero el reto no es que sigamos viviendo en guetos, sino en sociedades que nos permitan aprendizajes conjuntos y garanticen un respeto profundo por el otro ser humano.

Fuente: www.prensalibre.com - 111007


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