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El país que quiere ser
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 18 de octubre de 2007

Hoy, las balas no se cruzan entre militares y guerrilleros.

Recordando lo que nos dejó la Revolución de Octubre de 1944 y esperando ansiosamente que termine esta contienda electoral, es imposible no pensar sobre el futuro de Guatemala.

Cualquiera que llegue a ser presidente se las va a ver a palitos, y cuatro años son pocos para revertir una realidad como la nuestra.

Sin un pasado de nación del cual pueda sentirme orgullosa como ciudadana (con sus excepciones), y con un presente tan frágil por el cual transitamos los hombres y mujeres de hoy, el futuro plantea aún mayores incertidumbres.

Cuando un niño muy pequeño se siente abandonado, la mayoría de las veces llora. Siente temor por eso que los psicólogos llaman “la pérdida de la sustentación”.

Si hablo de Guatemala, como de ese territorio de posibilidades, de identidades, de afectos, de relaciones y de realidades, yo diría que una buena parte de la ciudadanía guatemalteca que alguna vez sintió ese temor en su infancia, nunca dejará de sentirlo mientras viva en este país.

No hablo desde la visión maternal de un Estado omnipotente que ha de hacer todo por nosotros, sino de una base mínima que nos ofrezca seguridad frente a la sensación de abandono que sienten millones de personas en Guatemala.

Para que podamos crecer como nación, ha de existir un marco mínimo que nos garantice a los hombres y mujeres vivir como tales.

Entramos a la globalización sin darnos cuenta y en total desventaja, y vivimos con la inseguridad cotidiana tocando a las puertas de nuestras vidas. Además, la irrupción creciente del crimen organizado y de los poderes paralelos sitúa aún más al Estado guatemalteco en arenas movedizas.

Y no me quedo aquí, también tenemos que comenzar a hacer algo para revertir el daño que le hemos hecho al medio ambiente, porque más allá de la simple retórica, la escasez de agua –entre otras– es una realidad. Agreguémosle a todo lo anterior la problemática migratoria: hay aproximadamente dos millones de connacionales nuestros en el exterior, lo cual refleja un país que no le ofrece las garantías fundamentales a su ciudadanía.

Guatemala no es aún un país, porque para ser considerada como tal, debería comenzar por constituirse en un territorio de seguridad ciudadana, política, económica y social para la población, en un marco de desarrollo con justicia. Si no, mejor hablemos de un Estado fallido.

Por otra parte, pasamos de un Estado gigantesco al que muchos llamaron el “elefante blanco” a un Estado enano, gracias a las nuevas corrientes neoliberales que insisten en privatizar hasta el aire.

¿El resultado? Ahora muchas empresas han venido a sustituir o quieren sustituir al Estado y a sus instituciones, pero como su lógica parte de intereses comerciales y financieros y no de visiones filantrópicas o de obligaciones estatales, cada día son más las que dejan a sus empleados desprotegidos en el tema de las prestaciones, provocando aún más incertidumbre.

Se construyeron y firmaron los acuerdos de paz sobre los valores democráticos, pero nos faltó levantarlos sobre los valores republicanos que tienen como eje el bien común. Los valores democráticos parten de nuestra posibilidad de elegir y decidir sobre nuestro futuro; los valores republicanos parten de nuestra obligación de hacer cosas por el bien común.

Desde el “socialismo espiritual” de Arévalo hasta el año 2007, hemos puesto distancia. Hoy tenemos la posibilidad de elegir entre un militar y un civil que no convencen y ambos son la expresión de un sistema político en decadencia.

Las balas no se cruzan entre militares y guerrilleros, sino entre narcotraficantes de distintos carteles; el gasto social sigue siendo menos importante en el presupuesto nacional que el gasto militar; aún tenemos los índices más altos de desempleo, pobreza y desnutrición de la región.

Las zonas bonitas de la capital parecen del primer mundo, pero a cinco minutos de ellas podemos ver guetos miserables que evidencian que la distancia entre riqueza y pobreza es hoy mayor que antes. Creo que ningún otro periodo de nuestra historia nos planteó mayores desafíos que el actual.

Fuente: www.prensalibre.com


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