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Ver lo que no vemos
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 20 de octubre de 2007

Una grada puede convertirse en un obstáculo mayor para alguien que padece discapacidad.

No son impedidos, porque pueden hacer cosas que ni la gente “normal” hace; no son anormales, porque los criterios de normalidad han sido definidos por personas que no padecen ninguna discapacidad física evidente; no son inválidos o minusválidos, porque valen lo mismo que cualquier otro ser humano.

Son simplemente personas con distintas discapacidades físicas, y el problema no son ellas realmente, sino la sociedad que las ve “raras” y les limita espacios de participación y desarrollo.

Si alguien en silla de ruedas decide tomar un autobús, ir a la escuela o sencillamente pasear por las calles de Guatemala, tiene que pensarlo bien.

Además de las lastimeras miradas de reojo que habrá de soportar, porque todo el mundo hace como que no ve a los discapacitados, se encontrará con barreras arquitectónicas y funcionales de todo tipo: desde la inexistencia de rampas que le permitan subir a un autobús que tampoco tiene espacio para la discapacidad, ni aceras que le permitan transitar libremente, hasta la entrada en edificios que no contemplan ni una sola vía de acceso para alguien que va en silla de ruedas. Una simple grada puede convertirse en un obstáculo mayor para alguien que padece discapacidad.

El sólo hecho de que creamos que este tema no es de importancia nacional ya es un síntoma de cuánto vemos y entendemos la discapacidad como problema que debe ser atendido desde el Estado.

Una de cada 10 personas en Guatemala padece algún tipo de discapacidad física, y la mayoría de ellas está en el área rural del país. Por ejemplo, en el caso de la espina bífida, el problema podría reducirse muchísimo con solo atender la falta de ácido fólico en las mujeres embarazadas.

Entre otros factores, la desnutrición, la falta de una dieta familiar balanceada y la contaminación con pesticidas son los causantes del problema de espina bífida. Todos ellos prevenibles o posibles de ser atendidos si hubiera voluntad política y mayor sensibilidad humana.

Pedro Saravia, de 31 años, padece de espina bífida desde su nacimiento, y está sentado en su silla de ruedas, asistiendo a un evento de formación profesional.

Le pregunto cómo ha sido la vida para él, y me responde que ha sido una vida llena de retos para tratar de demostrar que, desde su condición, se pueden hacer las mismas o más cosas que las que realizan las personas sin discapacidad.

Su mayor logro ha sido terminar la licenciatura en Comunicación Social, algo que le ha permitido desenvolverse en distintos espacios. Él concluye que es una cuestión de actitud, con lo cual yo concuerdo en mucho, porque imagino lo difícil de su condición.

Sin embargo, estamos conscientes de que la actitud no basta para la gente que vive en el campo en condiciones miserables, con limitaciones extremas a todo nivel; allí, padecer de espina bífida puede significar arrastrarse por el piso de tierra de un cuarto durante años (incluso décadas), hasta que un médico llega por la población e informa a la madre de ese niño, niña o joven, que Dios no tuvo nada que ver en eso y que padece de espina bífida.

La espina bífida puede prevenirse, atenderse, y quienes la padecen, pueden incluso llegar a caminar, dependiendo del grado de severidad del problema. Este padecimiento que afecta el tubo neural es más común de los que creemos, y afecta la columna vertebral y, en algunos casos, la médula espinal. En Guatemala ya existe una Asociación de Espina Bífida, y yo no me habría enterado si no es por Pedro.

Pero hay muchas otras formas en las que la discapacidad se hace visible; la cuestión estriba en que, como decía Wittgenstein, lo que no se nombra, no existe.

Por ello, estoy nombrando el problema de la discapacidad, para no terminar creyendo que solo les importa a quienes la padecen o tienen familiares discapacitados. Es un problema que atañe a toda la sociedad, y más allá, al Estado.

Fuente: www.prensalibre.com


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