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¿Nos reconciliamos?
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 15 de diciembre de 2007

Lo que pasó durante el conflicto armado interno cambió nuestra historia.

Hablar de reconciliación en un país donde la justicia es una utopía, y la verdad, una de las siete pestes bíblicas, parece un absurdo. En uno de los extremos de la cuerda están quienes insisten en recordar lo que sucedió durante el conflicto armado interno, y en el otro están los que quieren limpiar con cloro nuestra memoria histórica reciente.

Cada quien jala la cuerda desde lo que le tocó vivir, desde el papel que jugó durante esos años, o simplemente por lo que le contaron en su familia. A pocos días de celebrar un nuevo aniversario de la firma de los acuerdos de paz, parece que aún nos falta reconocernos y reconciliarnos como sociedad.

Yo viví el conflicto de manera casi marginal, así que no sé qué es lo que siente alguien cuya familia fue masacrada ante sus ojos; tampoco imagino qué es lo que siente alguien que torturó a muchos y hoy no puede ni conciliar el sueño; y apenas soy capaz de imaginar la pesadilla que vive quien fue obligado a matar a sus hermanos y hermanas, a cambio de salvar su propia vida.

Esto de reconciliarnos es muy complejo, aunque se diga fácil que hay que perdonar.

No sé lo que diría hoy si hubieran violado y matado a mi madre o a mi hija en una masacre, y menos puedo ponerme en el lugar de quien asesinó a sus amigos de la infancia por órdenes superiores. Quisiera pensar que la madurez y el paso del tiempo me habrían hecho dimensionar con equilibrio la justicia, la verdad, la reparación y -si es posible- el perdón.

Pero estos son apenas supuestos y, desde la teoría, siempre es más fácil ponerse del lado de los buenos.

Tendemos a confundir reparación y resarcimiento, con reconciliación, pero no son lo mismo. La reconciliación es ver toda la película, desde que se concibe y se escribe hasta que se proyecta, mientras que las medidas de reparación y resarcimiento constituyen apenas algunos de sus episodios.

Dar dinero para resarcir, construir monumentos conmemorativos, dar apoyo psicosocial, o promover un proyecto de desarrollo comunitario, son algunos de los temas centrales de la película, pero no la película misma. No es lo mismo resarcir que reconciliar.

Es difícil entender que la reconciliación no es algo a lo que se llega, sino un proceso por el que todos juntos hemos de transitar como sociedad. Y más complejo aún es comprender que la reconciliación no camina si no hay estructuras justas y si no hay un mínimo de cooperación en las interrelaciones de la ciudadanía.

Dos factores indisociables. Reconciliarnos implica un esfuerzo sostenido de largo aliento, que incluya a toda la sociedad, que se inserte en un contexto histórico y que sea respetuoso de las particularidades culturales que coexisten en el país. Pero además demanda contar con una plataforma mínima de desarrollo, desde donde partir en igualdad de condiciones.

Lo que pasó durante el conflicto armado interno cambió nuestra historia y, de manera directa o indirecta, afectó para siempre a los hombres y mujeres de Guatemala, por varias generaciones.

Hoy nacerán una niña y un niño en un país que está como está porque vivió un conflicto que nos partió primero por la mitad y luego en muchos pedazos.

No importa si nacen en cuna de encajes o envueltos en un perraje, el país que los recibe tiene más de una historia que contar, tanto desde el área rural como desde la urbana. Ya lo decía Paul Éluard: “Todos somos la sombra de todos”. Quien niega el pasado, niega su condición de eslabón en la cadena de la especie humana.

La tarea de reconciliarnos no se vislumbra sencilla, porque no lo es. Por cierto, los judíos tienen su propio museo del holocausto que le permite al mundo entero recordar los horrores que vivieron sus abuelos hace más de 60 años, lo cual me lleva a pensar si, además de levantar un museo de nuestro propio holocausto, los guatemaltecos seremos capaces de intentar, siete veces por siete, nuestra propia reconciliación.

Fuente: www.prensalibre.com


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