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Hablando de niños
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 22 de diciembre de 2007

En esa sociedad perfecta, la niñez viviría segura.

En una sociedad ideal, cada niño y cada niña serían amados y protegidos desde su nacimiento; ninguno de ellos tendría que ser adoptado, a menos que quedara huérfano de padre y madre. En esa sociedad perfecta, la niñez viviría segura, ningún menor sería explotado laboral o sexualmente, tampoco estaría jamás expuesto a la violencia intrafamiliar o de otro tipo, y menos sería traficado como mercancía de contrabando. Pero nuestra sociedad está muy lejos de ser la ideal, y las adopciones se dan todos los días. Para bien y para mal.

En las últimas semanas, distintos sectores de la sociedad guatemalteca, desde diversos enfoques e intereses, han caído en el juego maniqueo que, por un lado defiende las adopciones a ultranza, mientras que por el otro las condena per se.

Esos absolutos expresan una ingenuidad sin límites o una gran perversidad, y en el centro de esa visión maniquea resulta que ni siquiera están los miles de niños y niñas que podrían o no ser sujetos de adopción, sino las doctrinas que defienden lo privado o al Estado.

Claro que creo que el Estado tiene claras obligaciones con la población en términos de la regulación de los procesos y dinámicas que nos definen como sociedad, porque el Estado somos todos, y no sólo el gobierno. Sin embargo, considero que éste no es el asunto medular en el tema de las adopciones. El asunto central es cómo se han realizado esas adopciones en Guatemala, hasta convertirnos en un país que cuenta entre los principales “productos de exportación” a su niñez.

Si un proceso de adopción cumple con todos los requisitos que la nueva Ley de Adopciones establece, ¿por qué habrían de lamentar los buenos abogados o las parejas adoptantes que el proceso se demorara más de lo normal?

Lo que sucede es que la costumbre se vuelve derecho, y aquí la costumbre ha sido la de vender niños a diestra y siniestra, sin ningún control, rápido y fácil. Muchos de ellos fueron robados al salir del vientre de su madre o en alguna calle, o quizás fueron dados por sus propios padres pobres en un obsceno intercambio que a ellos les reportó la penosa cantidad de Q10 mil, mientras que a los usureros de este lucrativo “negocio” les reportó más de U$20 mil por niño.

Son esos abusos los que han llevado a establecer controles más rígidos, no la gana de condenar a cientos de niños y niñas a seguir viviendo en la miseria más absoluta. Es verdad que la mitad de nuestra niñez menor de 5 años está tan desnutrida que jamás llegará a desarrollarse normalmente; es verdad que hay miles de niños y niñas abandonados por sus padres o abusados por ellos y por otros adultos irresponsables en Guatemala, pero eso sólo puede ser pretexto para que como sociedad los tratemos mejor y generemos para ellos mejores condiciones de vida, no la justificación para que los vendamos.

¿No aguantamos que los extranjeros vengan a hablarnos sobre derechos humanos o que nuestros casos de justicia se diriman en cortes internacionales, pero con gusto les damos nuestros niños y niñas a cualquier extranjero que pueda pagarlos, fácil y rápido? Conozco a buenas parejas adoptivas, y el problema no está en las adopciones, sino en los métodos que se han usado para dar en adopción a muchos niños.

No condeno las buenas intenciones de quienes los quieren bien, sino las malas de quienes -debajo de una piel de oveja- lucen enormes colmillos cuando ven lo que les reporta cada adopción.

No es lo mismo abrir fronteras y bajar aranceles para que las mercancías circulen con mayor libertad, que abrir las compuertas de un “negocio” de adopciones humanas a partir de cero controles y regulaciones, en un país por demás corrupto.

Como sociedad hemos abandonado a nuestra niñez, y están quienes han hecho de un acto de solidaridad humana un fenómeno mercantilista. A ellos está dedicada la nueva ley. Ojalá, en vez de expulsar a nuestros niños y niñas vía la adopción o la migración, podamos tratarlos como seres humanos.

Fuente: www.prensalibre.com.gt


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