El combustible no se come
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 9 de mayo de 2008
Como humanidad, estamos en un momento decisivo para nuestra supervivencia: o privilegiamos a los 800 millones de automovilistas que hay en el mundo, o privilegiamos a las 800 millones de personas que tienen hambre. O sembramos maíz y azúcar para la gente, o lo sembramos para los vehículos. O alimentamos motores, o alimentamos estómagos. Esta es una de las cuestiones centrales que plantea ahora la revista Time como gran novedad, pero mucho antes ya lo habían dicho desde los más serios ecologistas del planeta hasta Fidel Castro, así como especialistas en el tema de la seguridad alimentaria y otros más en el ámbito de los derechos humanos.
Lo pongo en estos términos binarios, tan aparentemente maniqueos, porque es una cuestión que no acepta respuestas a medias. No es nada apocalíptico, es simple matemática y pura lógica. La cantidad de maíz que se necesita para producir el etanol suficiente para llenar una sola vez un tanque con dicho combustible es la misma que sirve para alimentar por todo un año a un ser humano. Aún más, la producción de etanol ya está incrementando los precios mundiales de los alimentos en un 45 por ciento y contribuye a un mayor calentamiento global.
Las ecuaciones funcionan así: más siembra de maíz, menos bosques y más calentamiento global. Más maíz para motores, más altos sus precios y menos alimento para los pobres. Más caro el maíz, más productores de productos como la soya querrán cambiarse de cultivo para obtener mayores ganancias, con el consecuente avance de la frontera agrícola. Así que la supuesta “energía limpia” no es tan limpia y, por el contrario, se levanta sobre un planteamiento poco ético y menos solidario.
Es obvio que la estupidez humana es directamente proporcional al hambre que hoy se padece en el mundo; tan obvio como que el mercado está obnubilando la razón de quienes tienen el poder de contribuir a mejorar o empeorar esta situación. No hay calificativo para nombrar la inconsciencia, y Guatemala no se queda atrás; ya suenan en el país las intenciones de hacer de él un gran vivero de caña para producir biocombustible. Como si nos sobraran selvas y bosques, como si no fuéramos el país número uno en América Latina en desnutrición, como si buena parte de nuestra niñez no estuviera ya padeciendo de raquitismo, como si no pudiéramos pensar en estrategias de desarrollo y crecimiento económico que lleguen más a toda la población y no solo a un grupo.
¿Se traducirá eso en empleo? Claro, pero en un contexto mundial de voracidad de pocos y hambre de muchos, ¿cuánto subirán los salarios de los empleados en comparación con el encarecimiento de la canasta básica? ¿Trabajar en condiciones de esclavitud sería la estrategia de supervivencia para muchos? ¿Se incrementará la desnutrición? ¿Cuánto producen las personas desnutridas? ¿Los biocombustibles permiten el libre comercio de distintos productos y el desplazamiento de las personas? Claro, siempre y cuando tengamos poder adquisitivo para comprar esos productos y para pagar el transporte. ¿Quién va a restituirnos el aire y el agua que perderemos por tener menos árboles? ¿Y el calentamiento global?
Con hambre en el estómago no somos personas, ni siquiera animales racionales; apenas sombras viviendo anticipadamente la muerte. Dan ganas de reventar la burbuja donde viven tantos que no quieren darse cuenta de nada, y llevarlos por allí, por Camotán y Jocotán, a ver si después se vuelven humanos.
Fuente: www.prensalibre.com.gt - 080508 |