La verdad de ayer
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 15 de mayo de 2008
Por aquellas raras coincidencias de la vida, el 10 de mayo —Día de la Madre en este lado del mundo—, el papa Benedicto XVI elogió en el Vaticano un documento que la Iglesia produjera en 1968, y que condenaba la anticoncepción. “La verdad de ayer sigue siendo verdadera incluso hoy. La verdad expresada en Humanae vitae no cambia. Por el contrario, a la luz de nuevos descubrimientos científicos, es aún más actual”, señaló el jerarca de la Iglesia Católica.
En medio de una crisis alimentaria sin precedentes, Benedicto XVI reforzó la oposición de la Iglesia a la anticoncepción y a los métodos artificiales de control de la natalidad o de procreación. Suponiendo que las mujeres estuviéramos en este mundo únicamente para tener hijos, lo anterior significa que el placer sexual sigue siendo un aspecto negado por la Iglesia a buena parte de su grey, y que aquellas parejas que no pueden tener hijos pero los desean, están condenadas a su destino. Significa, también, que tenemos que seguir respondiendo a nuestra condición de animales irracionales en el tema de la reproducción de la especie, solo porque los asuntos de fe son incuestionables.
El Papa mostró su preocupación porque la vida humana arriesga perder su valor en la cultura de la actualidad, y expresó su temor de que el sexo “se transforme en una droga” impuesta por un miembro de la pareja al otro. A lo mejor, en la expresión anterior, el pontífice hacía referencia a la violencia doméstica generalmente impuesta por hombres a mujeres, niños y niñas; a la prostitución infantil y la trata de menores; a ciertas depravaciones sexuales, o incluso a la misma pedofilia que tantos curas han practicado por largo tiempo.
Los enemigos de la libertad, invariablemente, comienzan por reprimir los placeres de la carne. Y no se asuste, porque no estoy ni siquiera sugiriendo el hedonismo que manda el placer por el placer mismo, sino estoy hablando de seres humanos que tienen el derecho a elegir si desean procrear o no, que tienen derecho a sentir placer y a vivir responsablemente su sexualidad, que tienen el derecho de separar a su cuerpo del concepto de pecado que tan enraizado está en el imaginario colectivo.
Para los conservadores, la sexualidad es la última frontera de defensa contra la modernidad; para los más “progres”, es la única frontera posible en las batallas sobre la identidad del ser humano. La crisis de la Iglesia Católica debería promover debates más amplios sobre los alcances de la cristiandad y su reformulación en los nuevos tiempos. La Iglesia Católica como institución (y no excluyo a las demás) tiene problemas para manejar los casos de abuso o de homosexualidad en su interior, porque tiene serios problemas para abordar las cuestiones relacionadas con el sexo. No ha salido del binarismo cuerpo-pecado, alma-redención.
Las palabras y las ideas expresadas son trascendentales, porque calan profunda y perdurablemente en los colectivos humanos. Sin embargo, representan un peligro cuando las pronuncia un líder que conoce bien la ignorancia ajena y se sirve de ella, cuando se respaldan en dogmas y entran en el territorio intocable de lo sagrado, cuando conscientemente se usan para manipular conciencias. Tales daños potenciales pueden eludirse con más educación. Las normas de cualquier índole que regulan las sociedades civilizadas han de pasar siempre por nuestra conciencia con el fin de prevenir su abuso. Todo, para que no terminemos diciendo como Chumy Chúmez, el humorista gráfico español, cuando afirmó: “El problema de mi generación es que fuimos hijos de padres no deseados”.
Fuente: www.prensalibre.com.gt |