¿¡Cuánto hemos cambiado!?
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 21 de junio de 2008
La mentalidad colonial se resiste a morir en Guatemala y, entre algunas islas de modernidad, tiene dificultades para ser arrancada de raíz. Leyendo un texto de Severo Martínez Peláez (Algo sobre Repartimientos), me surge la pregunta de cuánto han cambiado de fondo las cosas por aquí, y entiendo mejor esa mentalidad que parece pasar de una generación a otra, a través de una especie de chip instalado en alguna parte del cerebro, donde han de estar lacrados los arquetipos. Algo se ha movido, está clarísimo, pero qué, cómo y hacia dónde, es la lectura que habría que hacer. No sea que bajo máscaras más amables se escondan viejas formas de opresión.
Don Severo habla de una de las instituciones económicas reconocidas y aceptadas en la Colonia, denominada “el repartimiento de mercancías”, también llamado de enseres. Existió desde principios del siglo XVII hasta las postrimerías de la Colonia, y fue negocio reservado exclusivamente a los corregidores o alcaldes mayores —jefes de amplios distritos llamados corregimientos—. El repartimiento de enseres no era ni más ni menos que una venta forzada. Los corregidores, valiéndose para este reparto de las autoridades indígenas de los pueblos —los alcaldes indios, procedentes siempre de la camarilla de los “nobles” del lugar, excluidos del tributo y de la obligación de ir al repartimiento— distribuían por la fuerza entre los indios grandes cantidades de mercancías de diversa naturaleza.
Repartían herramientas, tales como azadas, hachas, machetes; también telas y ropa; igualmente alimentos. Todo ello, imponiendo las cantidades, los precios y las calidades de los artículos, sin que los indígenas pudieran negarse a recibirlos ni protestar. El repartimiento de enseres se hacía bajo la presión del terror colonial, y los indios sabían que resistirlo era concitar la animadversión del corregidor, quien con cualquier pretexto podía mandar azotar a los remisos hasta despellejarlos. Así, aquellos enseres, caros, inútiles, inoportunos, eran recibidos y endeudaban a los indios.
Había que pagarlos en frutos, en moneda o en trabajo. (El indio, obligado a trabajar gratuitamente para el rey-tributo-; obligado a trabajar en forma semigratuita para los hacendados-repartimiento-; tenía que trabajar también para pagarle a los corregidores estas deudas infames. Obsérvese que en estos mecanismos está la causa de la inferioridad económica en que se mantuvo al indio durante los tres siglos coloniales, y, por ende, la inferioridad de desarrollo general que maliciosamente se le achacó a su raza.)”
Entonces se obligaba a los colectivos esclavizados a consumir vía la represión; hoy la obligación de consumir está determinada por el libre mercado y el bombardeo publicitario; ya no hay esclavos (al menos formalmente), pero los protagonistas de la riqueza y la pobreza siguen estando del mismo lado, y habría que revisar si en la misma relación porcentual. Hoy hay libertad formal, pero libertad para la miseria. Las formas de ejercer la violencia han cambiado; si ésta se ejercía antes por medio de azotes y esclavitud, no se diferencia mucho de las situaciones inhumanas de exclusión y marginación que tantos viven hoy. Sabemos que una de las formas más extremas de violencia es la pobreza que se ejerce sobre millones de hombres y mujeres en Guatemala, gracias a un determinado modelo económico impuesto —de mutuo acuerdo— por un “rey” que está fuera del país (busque usted la figura que se le parezca) y los vasallos que aquí lo representan.
Hace solo 63 años se abolió el trabajo forzado al que eran sometidos los indígenas en Guatemala, quizás uno de los cambios más importantes impulsado por la Revolución del 44. Sin embargo, hoy siguen siendo justamente las poblaciones indígenas del país las más afectadas por la pobreza, la desnutrición, la falta de salud, educación y cualesquiera oportunidades de desarrollo. Algo hemos hecho mal y será quizás que las clases dirigentes de esta nación no se han despojado de una mentalidad colonial que muy, pero muy adentro, las mantiene fascinadas con la idea de la esclavitud y la superioridad racial.
Fuente: www.prensalibre.com.gt |