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Cuerpos de la guerra
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 22 de noviembre de 2008
cescobarsarti@gmail.com

Hay personas que viven del pasado, y recurren una y otra vez al álbum de fotos familiares o a las historias de la niñez. Familias enteras que repiten, año tras año y cada vez con más imaginación, anécdotas de los abuelos o las travesuras de su infancia y juventud. Hombres y mujeres que hacen del pasado un monotema, y se recrean en la nostalgia y en los relatos de los momentos memorables de su vida, hayan sido éstos felices o trágicos. Gente que, a lo mejor a falta de un presente con mayor contenido, no habla de otra cosa más que del pasado. ¿Quién no habla del pasado?

La única diferencia estriba en que unos lo usan para tender un puente hacia el presente y el futuro, no importa la edad que tengan, y otros lo usan para tender un puente hacia el recuerdo y la memoria como fetiche.

Los primeros parecen haber entendido la dialéctica de la vida. Así, sabiendo que no hay persona o colectivo que no retroceda en el tiempo, de diversas maneras, como exhortación para la trascendencia o como recurso de sobrevivencia, hablaré del pasado. No del mío, sino del de miles de mujeres guatemaltecas en cuyos cuerpos se encarnó la guerra y se constituyeron en “natural” botín. Mujeres que ahora quieren nombrar su pasado para comenzar a sentir que pueden seguir adelante con su vida; y aprendieron, a la fuerza, que en tiempo de guerra sus cuerpos simbolizaron el territorio predilecto para someter al enemigo.

Me voy hacia esa otra historia para evitar caer en la trampa que nombra a la violencia sexual hacia las mujeres en las guerras como “daños colaterales” o “algo que siempre pasa”. Trampa que nos hace pasar por alto los sistemas de ideas y las estructuras de poder que legitiman y fomentan este tipo de crímenes; trampa que no solo permite sino manda borrar las experiencias de las mujeres de la memoria colectiva y quiere hacer invisibles las consecuencias en sus vidas, en las de sus comunidades y su país.

Incluso los informes “Guatemala: Nunca más” del Proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI, 1998) y “Memoria del Silencio” de la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH, 1999), reconocieron que “la violación sexual fue una práctica generalizada y sistemática realizada por agentes del Estado en el marco de la estrategia contrainsurgente, llegando a constituirse en una verdadera arma de terror, en grave vulneración de los derechos humanos”, pero no profundizaron en ello ni hicieron recomendaciones específicas como sí lo hicieron con otros crímenes cometidos durante ese período.

No recurro a nombrar la violación de estas mujeres desde el ser víctimas o desde el morbo que alimenta superficiales visiones del conflicto; se quiere recurrir al álbum de fotos de la memoria que, en este caso son los cuerpos donde se cifró la guerra, para ir tras la verdad e intentar transitar, como nación y como especie, por otros caminos.

Por ello, 16 organizaciones realizan, en conjunto, el Primer Festival Regional por la Memoria en Huehuetenango del 25 al 27 de noviembre, y convocan a la sociedad guatemalteca a dialogar y conocer esta parte silenciada de la historia. Para romper tabúes, para reconocer que las mujeres, y en particular las mujeres mayas, enfrentaron —además del mismo conflicto— la estigmatización de parte de los suyos, y la invasión más profunda que un ser humano puede experimentar: la del propio cuerpo. Para reconocer la responsabilidad del Estado en estos crímenes sexuales, y denunciarlos como de lesa humanidad. Celebro que haya voluntad para continuar armando el rompecabezas del país que soñamos; y si este texto no incluye palabras como patriarcado, genocidio, feminicidio u opresión clasista, sexista y racista, es porque, al hablar de los cuerpos de las mujeres en la guerra, sería redundar.

Fuente: www.prensalibre.com.gt


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