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10 mil años y un día
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 27 de noviembre de 2008
cescobarsarti@gmail.com

Cambiar duele. Cosas tan simples como cambiar de ruta para ir al trabajo, cambiar las horas de las comidas, cambiar de lugar en la mesa o poner el papel higiénico en su lugar cuando antes siempre se dejaba donde fuera, pueden incomodarnos. No digamos cambiar de forma de pensar y, consecuentemente, de vivir. Así que 10 mil años de cultura patriarcal no se cambian en un día. Imposible revertir, de la noche a la mañana, los modelos de mujer que nos sitúan —desde los textos bíblicos— en el lugar de la esquizofrenia: o se es virgen y madre al mismo tiempo (¿cómo se hace eso?) o se es la puta responsable del pecado original y de todas las condenas y traiciones posibles sobre las cuales se levanta la humanidad.

Hombres y mujeres nos hemos tragado ese cuento por tanto tiempo, que ya no sabemos ser de otra manera. Y es que ¿quién cuestiona lo “sagrado”? Así, los atavismos mandan que las abuelas, las madres, y algunas tías, presionadas o encantadas por el sistema del padre que las manda a ser costilla y preservar el orden, se vayan por allí, moralizando a diestra y siniestra (más a la siniestra, diría yo), a las niñas y jóvenes de la familia, para que sean como ellas. Se convierten, entonces, en las reproductoras y guardianas perfectas del orden establecido. ¿Y los patriarcas de todos los tiempos? Contentos de que alguien les cuide y mantenga este orden antediluviano.

La recompensa para tan fieles cuidadoras es generalmente una lavadora en el día de la madre o una medalla como madres ejemplares, otorgada por el líder de su iglesia. Eso, si tienen la “suerte” de haber nacido en el seno de familias acomodadas o de clase media; las mujeres pobres ni siquiera son consideradas sujetos de derechos, o no serían las más analfabetas y las que más mueren al dar a luz. Por ello, cuando este contrato social se comienza a romper a partir de las primeras luchas feministas, con el apoyo de hombres solidarios, el cielo tembló. Las mujeres que, por siglos, habían sido intercambiadas entre padres y maridos, usadas por los Estados para reproducir soldados para la patria, excluidas del desarrollo, silenciadas por ser consideradas ignorantes, esclavizadas o desposeídas de cualquier bien terrenal que no correspondía a su “sagrado” ámbito privado, veían la luz al final del túnel.

Pero el camino es largo. Aún en los países donde las cuotas de participación femenina ya no son tema de discusión, donde ellas ocupan altos cargos de decisión en las esferas del Estado, donde gozan de la membresía social y pueden acceder en igualdad al desarrollo, las denuncias por violencia intrafamiliar persisten. En teoría, hemos ganado nuestro cuerpo, pero seguimos siendo el “sexo débil”. No es una fórmula matemática la que dicta que entre más se rompe el contrato social a partir de la redefinición de los nuevos roles de hombres y mujeres, más violencia se ejerce sobre ellas de parte de sus más cercanos convivientes masculinos, pero todo apunta a que son elementos directamente relacionados entre sí.

Lo que se ha dicho de nosotras en los últimos 10 mil años es que somos dóciles, bonitas, prudentes, tontas, silenciosas, sonrientes, serviciales, adaptables, obedientes, frágiles, dulces, solidarias, histéricas o locas. Muchas de estas características no serían vistas de menos, si no fuera porque esa lógica maniquea que todo lo parte exactamente en dos, y considera que en la otra mitad del género humano están las cualidades importantes como el carácter, la razón, la firmeza, la estabilidad, la autoridad y la fuerza. Cien siglos no son poca cosa, pero es indudable que durante los últimos 250 años, y desde una propuesta de paz, algo se ha movido.

Fuente: www.prensalibre.com.gt


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