Slim salió de “shopping”
Por Carolina Escobar Sarti - Guatemala, 29 de noviembre de 2008
cescobarsarti@gmail.com
“Carlos Slim aprovecha las crisis económicas para hacer negocios redondos”. (Agencias/elPeriódico/ 27-11-08). La listura no es para mí ningún problema, y menos que haya un ser humano que la esté pasando bien en la vida. El problema es que vivamos bajo las normas de un sistema que permite —y además estimula— que un solo hombre concentre niveles de riqueza obscenos, en uno de los continentes más pobres del planeta.
Cuenta la nota de prensa que me sirvió de motivo que el magnate, a través de su banco de inversión Inbursa, “adquirió, entre el 19 y el 25 de noviembre, 29 millones de acciones de Citigroup por US$134.3 millones, con la revalorización de las acciones de Citi tras su rescate por el Gobierno de EE. UU.”. Con ello, su inversión se incrementó en US$26 millones. Días antes, había comprado dos millones de acciones de la perforadora de pozos petroleros Bronco Drilling por US$15 millones, y hace apenas tres días aumentó en 18 por ciento su participación al capital de la cadena de tiendas Saks Fifth Avenue.
Para mí, es extraño lo que sucede en América Latina, continente donde cohabitan hoy las libertades políticas y los regímenes democráticos con las miserias más vergonzosas que enfrentan tantos hombres y mujeres. Región donde Carlos Slim, el tercer hombre más rico del planeta —con una fortuna de US$30 mil millones—, convive con más de 225 millones de seres humanos en condición de pobreza y pobreza extrema. Territorio donde se demuestra que la democracia es distinta cuando se vive en un contexto de pobreza, que en uno de riqueza. Región que simboliza bien la dialéctica del amo y el esclavo, y un devenir sesgado de la especie.
Es toda una contradicción, porque la libertad, tal como se concibe en el mundo globalizado de hoy, parte de la ecuación: a mayor cantidad de acumulación de la riqueza, mayor libertad. Y luego resulta que apenas una decena de familias de cada país son “libres”. ¿Cuál sería el planteamiento, entonces, en este tiempo en que la utopía de la libertad se ha desdibujado? De tan básico, suena lógico: que más seres humanos vivan como tales. Que nadie pase hambre, que todos puedan estudiar, acceder a servicios de salud, descansar, viajar, gozar de los beneficios que la civilidad ofrece, ir al cine, escribir su nombre, leer el nombre de quienes ama, en fin… que no se tenga que dar gracias a Dios por un trabajito de 18 horas diarias, practicado en condiciones de esclavitud, para que otro vaya sentado en primera clase.
Que no haya un ser humano tan rico que pueda comprar a otros, ni uno tan pobre que tenga que venderse, fue una de las ideas planteadas por Rousseau. En momentos en que la humanidad parece carecer de utopías, la distopía es el horizonte, y llegamos a extremos tales, que un solo hombre se ha arrogado el derecho de considerar a todo un continente como su centro comercial privado, y sale de compras en tiempos de crisis. ¿Puede haber evidencia más rotunda del fracaso humano? ¿Acaso no plantea esto que la humanidad está atravesando un instante de crisis, y como dice la canción de Luis Miguel: “es el momento de seguir o adiós”?
Yo veo a la región latinoamericana como territorio de humanidad, y me cuesta concebirlo como un centro comercial; será porque he visto que las escaleras eléctricas nos han conducido en ellos a hacer fila, a vaciar nuestros bolsillos, y a desear lo que no necesitamos y se nos vende maquillado de libertad. No pasan mis ideas por simplezas de juicio como el resentimiento, la envidia o el tono ideológico- dogmático. Pasan apenas por la otredad, por la necesidad de sentirme parte de un conglomerado humano con el que no hemos sabido ser hospitalarios.
Fuente: www.prensalibre.com.gt |