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Las maras son obra de la política de los Estados Unidos
Por Carlos E. Wer - Guatemala, 27 de enero de 2005

Casi un año sin aparecer en estas páginas en las que se honra en la práctica la libre expresión del pensamiento y la libertad de prensa. Casi un año en el que pareciera que me hubiese olvidado, o quisiese olvidar mi tenaz oposición al equipo de la GANA, que se encargará de vender lo que queda de Guatemala. Casi un año de querer y tener motivos y temas para escribir y luchar contra esta corriente salvaje y fascista del neoliberalismo. Casi un año de recorrer auditorios, de dos personas en adelante que me permitan hablarles de una lucha que libramos muchos en el mundo, en contra de esas mismas fuerzas.

Hoy, al romper el silencio, lo hago para trasladarle a quienes han hablado y escrito en contra de la violencia insana que azota nuestro país y a quienes la sufrimos. El mensaje de ese hombre extraordinario librador de una épica batalla. Ese hombre casi solitario, incomprendido, apoyado por la maravillosa intelectualidad de su esposa Helga. Hablo de Lyndon LaRouche, ese quijote moderno quien impulsa el conocimiento como el arma más eficaz para construir un nuevo mundo.

Y ¡hablemos de las maras!...En los 80´s el mundo veía con sorpresa la erupción de un "levantamiento negro" en las calles de Compton, un condado cercano a los Ángeles California. La explosión habría de ser causada por la paliza que un miembro de la Policía diera a un negro durante una captura. La reacción fue violenta. Incendios de cientos de negocios, ataques a vitrinas, robos, asaltos. El infierno desatado sobre Compton.

Años después Gary Web del San José Mercury News, de San José California, abría la caja de Pandora. El 18, 19 y 20 de agosto de 1996 publicaba una serie, la que era iniciada con una sentencia lapidaria: "Por eso, en esos barrios hay tantos muertos y tantos negros e hispanos convictos en las cárceles de los Estados Unidos que cumplen sentencias que el mayor criminal el capo George W. Bush debería estar pagando". Detrás de los hechos de Compton, se descubría la lucha a muerte de dos bandas, los Bloods y los Cricks, quienes se disputaban, para su distribución, las toneladas de drogas que habían arribado a los Angeles. Hasta ese momento solamente las clases altas de Hollywood consumían droga, ahora ésta había inundado las calles de los Ángeles.

La valiente denuncia del San José Mercury demostraba la conexión entre la toma de George Bush de la dirección del caso Contras, en 1983, con el inicio de la epidemia de "cocaína y crack" en los Estados Unidos. Éste utilizó la autoridad delegada (y relegada) por las Directivas Presidenciales de Seguridad Nacional 2 y 3 y su posición como "zar de las drogas", para sortear la orden del Congreso de los Estados Unidos que obligaba al gobierno de Ronald Reagan (y a él como Vicepresidente) a atenuar y suspender el respaldo de la CIA a los Contras.

Cuando la Enmienda Bolton suspendió todo subsidio gubernamental de los Estados Unidos para los contras, Bush, su Asesor de Seguridad y Olliver North, recurrieron a ciertos gobiernos del exterior y a contribuciones privadas para reemplazar los dólares del gobierno de su país. (Se denunció, que el Estado Mayor del Ejército de Guatemala, había sido uno de los canales por los que pasaron las armas para la Contra).

Pero las operaciones de Bush como Vicepresidente, bajo las directivas 2 y 3, no se limitaban a las Américas, Bush usó su cargo dentro del Consejo de Seguridad Nacional y en el "Punto Focal" bajo la protección del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos", para crear un vasto y complejo "gobierno secreto" financiado con dinero privado, las que han penetrado en las tres ramas de la administración federal estadounidense.

Los documentos publicados por Gary Web en el San José Mercury News saca a luz, por primera vez en la participación de la Fuerza Democrática Nicaragüense mejor conocida como la Contra, en la creación de la epidemia de consumo de crack de mediados de los años 80 y más allá construyendo los canales mundiales y los instrumentos con los que protegen nacionalmente (en los Estados Unidos y en el resto de países "corredores", en los que transita la droga) a los grupos que pretenden trabajar "independientemente" y a los organismos que la "combaten" y que sirven únicamente para asegurar que quienes no estén en "la lista", sean obstaculizados.

El 7 de Junio de 1986, el vicepresidente George Bush, anunciaba que el gobierno de Ronald Reagan había determinado oficialmente, por primera vez, "que el comercio internacional de drogas era un problema de seguridad nacional", vinculado al terrorismo. Bush había estado al mando de Sistema Nacional de Intercepción Fronteriza de Estupefacientes. La ironía de este cargo, es que es el principio de la protección y dirección del comercio de las drogas, esta vez protegido desde los mismos organismos de seguridad nacional.

Los organismos creados para "manejo de crisis", que no estaban controlados por el Consejo de Seguridad Nacional, sino por miembros de la Casa Blanca, lo que provocara un enfrentamiento entre el Secretario de Estado Alexander Haig y Bush. El pulso fue ganado por el vicepresidente Bush, quien encabezaría el "manejo de crisis", lo que según el Washington Post del 22 de Marzo de 1981, la nueva estructura significaba "una función sin precedente para un Vicepresidente".

De estas estructuras, se va formando la red del gobierno paralelo que hoy controla "legalmente" los Estados Unidos.

Ellas serían creadas "escalonadamente", consolidando cada vez más el control del gobierno. El 4 de Diciembre de 1981 el presidente Reagan firma la Orden Presidencial 12333, mediante la cual "desencadenaba" a las agencias de inteligencia de las restricciones que les habían sido impuestas.

No fue sino hasta que el avión de carga C-123 fuera derribado en Nicaragua el 5 de Octubre de 1986 con Eugene Hasenfus a bordo, que se desató el llamado escándalo de Irán-Contras, en el que salió a luz el intercambio de drogas por armas, que estuviera supervisado por el vicepresidente Bush, Donald Gregg, Asesor de Seguridad Nacional y el Coronel Oliver North.

Los gobiernos de América Central y del Norte tienen reuniones de emergencia sobre seguridad, en un intento por detener la rápida proliferación de las llamadas maras, que son pandillas transnacionales mayormente integradas por jóvenes hispanos y controladas por el crimen organizado.

El origen, alcance y bestialidad de las maras pinta el cuadro espantoso de una nueva Era de Tinieblas. Es un mal presagio -que hasta ahora sólo involucra a cientos de miles de personas- de lo que el estadista estadounidense Lyndon LaRouche ha advertido pronto habrá de convertirse en el fenómeno de decenas de millones de desamparados que emigran por todo el mundo tratando de hacer una vida donde no la hay, a menos que nos libremos del libre comercio y la globalización.

Estas pandillas de jóvenes pobres que cruzan fronteras desde Panamá hasta Estados Unidos, y ahora hasta Canadá, funcionan como el brazo armado del tráfico ilegal de armas y drogas. Los traficantes de mano de obra emigrante las usan para aterrorizar, mutilar o asesinar a emigrantes que no pagan sus deudas. Con tatuajes espantosos que los distinguen y usando señas satánicas como parte de su formación sectaria, estos jóvenes han llegado a tal grado de deshumanización, que en varios lugares ya han adoptado el método de las decapitaciones a modo de represalia.

Esta no es una operación pequeña. Las maras se calculan entre los 100.000 y 600.000, según algunos órganos de difusión. Varios funcionarios de Estados Unidos, México y Guatemala incluso los consideran una amenaza a la seguridad nacional.

¿Quién es el responsable?

Los neoconservadores y los racistas antiinmigrantes están aprovechando la crisis de las maras para publicitar la tesis del Samuel Huntington, de que el principal enemigo de Estados Unidos son los hispanos, dentro y fuera de su territorio. El profesor Huntington de la Universidad de Harvard es el fascista que difunde la mentira de que un "choque de civilizaciones" entre los musulmanes y Occidente es inevitable. Exaltando el miedo, estos círculos difunden la línea de que los terroristas de al-Qáeda contrataron a las maras para meterlos a Estados Unidos. Según un militar de Estados Unidos versado en el tema, se desconoce la veracidad de tal afirmación. (La inteligencia estadounidense es tan insuficiente, que sólo podemos conjeturar, y ni siquiera con mucho detalle, según afirmó).

Pero, la gente de Huntington exige la deportación en masa y el cierre de la frontera sur de Estados Unidos, para empezar. Sus contrapartes centroamericanas exigen -como solución- la imposición de la pena de muerte a los pandilleros.

¿Puede una sociedad que ordena la ejecución en masa de sus propios hijos -a modo de solución al salvajismo que crean sus propias políticas- sobrevivir? Porque los expertos en las maras concuerdan en que más que nada las integran niños. Según un estudio de mayo de 2004 realizado por una experta antidrogas de El Salvador, 51,9% de la s maras de su país tienen entre 11 y 15 años de edad; 2% sólo tiene entre 7 y 10 años; y el restante 49,6% son menores de 25.

Un vistazo a nuestro propio espejo

"Es un fenómeno de la nueva Era de Tinieblas. Y fue el Gobierno de Estados Unidos el que lo creó", dijo LaRouche sobre las maras el 24 de octubre. "Ésta no es una simple operación. Es una política. La política es destruir al Estado nacional, destruir la idea del Estado nacional. La intención es hundir al planeta entero en una nueva Era de Tinieblas. No solucionarán nada a menos que cambien la situación en Estados Unidos".

De hecho, las maras son hijas del proyecto del crack de cocaína del Irán-contra de George Bush padre. Primero las formaron a mediados de los 1980 en Los Ángeles, California, con los hijos del más de un millón de refugiados empobrecidos que huían de las guerras en América Central. Ante la estructura pandilleril existente en Los Ángeles, los jóvenes salvadoreños y hondureños fundaron su propia pandilla.

En esos años, tal como EIR documentó en su explosivo informe especial de 1996, "George Bush: el supercapo de la cocaína", el crack era introducido a los guetos de Estados Unidos, empezando con las pandillas de Los Ángeles, para crearle un nuevo mercado a la cocaína traficada por las redes del Irán-contra del Gobierno secreto de Bush.

Cuando las guerras en América Central cesaron a principios de los 1990, Estados Unidos empezó un programa de deportación generalizada de estos jóvenes pandilleros criminalizados a sus países de origen, naciones que no tenían nada que ofrecerles y ninguna capacidad para controlar el delito. Los acuerdos de "paz" de América Central no trajeron ningún desarrollo económico, sino sólo más libre comercio, un mercado negro de armas enorme, y decenas de miles de ex guerrilleros y soldados desempleados con los que el narcotráfico hizo su agosto.

¡Trabajos! ¡Creen trabajos!

La globalización convirtió a América Central en reserva de mano de obra barata para Estados Unidos. El usurero pago de la deuda extranjera -deuda que nunca sirvió para construir un dique o una fábrica- canibalizó tanto las economías, que los centroamericanos prefieren jugársela para llegar a Estados Unidos y conseguir un empleo, por mal pagado que sea, a fin de mandarle dinero a sus familias. ¡Semejantes políticas han llevado a la cuarta parte de los salvadoreños a huir a Estados Unidos!

Tal como la política de deportación en masa de los 1990 amplió la estructura pandillera de Los Ángeles de vuelta a América Central, así las políticas de "cero tolerancia" adoptadas por los Gobiernos aterrorizados de El Salvador y Honduras en el 2002-2003 han exportado a miles de maras a Guatemala, México y de regreso a Estados Unidos.

Hacer valer la ley es necesario, pero hasta que no creemos millones de empleos en torno a un programa urgente de construcción de infraestructura en América Central y Estados Unidos, empleos que brinden capacitación y sean fuente de orgullo, no habrá solución. El secretario de Planificación de Guatemala, Hugo Beteta, le dijo en octubre al Washington Post que más de la mitad de los guatemaltecos tienen menos de 18 años, y que la mayoría carece de oportunidades de empleo. Los jóvenes ven dos alternativas: emigrar a Estados Unidos, o unirse al narcotráfico, dijo. "Y si se ponen duros con la inmigración, ¿qué les queda a ellos?"

Fuente: Diario La Hora - www.lahora.com.gt


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