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El tiempo todo lo borra
Por Carlos E. Wer - Guatemala, 5 de marzo de 2005

Lo conocí cuando era aún muy joven. Ingresaba, como muchos de mis compañeros, a la Escuela Politécnica recién cumplidos los quince años. Como todos los cadetes, observaba el comportamiento de los oficiales y ellos eran admirados como ejemplos en los casos en los cuales su disciplina, su espíritu militar, su dedicación lograran ese efecto en ellos.

Y él era de esos personajes: recto, exigente, disciplinado. Los años fueron pasando y su personalidad también era fortalecida por sus atributos militares. Llegó el año aciago de la intervención de los Estados Unidos a Guatemala. El, junto a otro grupo de oficiales, se acercaba al lugar del combate y participaba, junto a sus alumnos, en la gesta que dignifica a toda una institución.

Quizá durante muchos años, la intrahistoria, esa parte desconocida de la historia que queda relegada, desconocida, hasta que alguna huella es descubierta, dejando también al descubierto esa parte que se había conservado velada, no permitió que en él se conociera sino su férrea disciplina y rectitud.

Aproximadamente en 1973, a mi regreso del exilio, durante un viaje de mis recorridos por el campo guatemalteco, mientras transitábamos con algunos compañeros por entre unos cañaverales, escuché un vibrante discurso. Creí al principio que nuestra radio había logrado captar Radio Habana y que quien hablaba era Fidel Castro. Sus fogosas palabras hablaban de esos problemas que aún 30 años después siguen sin respuesta ni solución. Hablaba de la pobreza. Hablaba de la ignorancia y del atraso. Hablaba de su cuna humilde. De su vida militar y de su ascenso desde soldado raso.

Su discurso me llamó poderosamente la atención. Hablaba el mismo idioma de la lucha que hemos mantenido por décadas quienes amamos entrañablemente a este país y a quienes nos duelen sus quejas, aquellas que aún recordadas cada nuevas elecciones, se quedan después sin respuesta. No era Fidel; era el general Efraín Ríos Montt.

Los sucesos siguientes son de todos conocidos. La falta de valor y de carácter para sostener un triunfo. Su escape hacia la Embajada en España, a donde partió, se dice, acompañado por una buena cantidad de dólares entregados por el gobierno del coronel Arana.

Su vigencia en la política ha demostrado su habilidad. Formó un partido del cual ha sido el indiscutible líder y el vehículo para permitir que la consistencia y la disciplina, le permitan mantener esa posición. De sus palabras de ayer, de su pretendida entrega a esos derechos de los más pobres, ya no existe nada. Sus acciones han sido respaldadas por una entrega casi absoluta a intereses lejanos al interés nacional. El juego parlamentario, del cual se ha vuelto maestro, es utilizado para mantener vigencia. Para mantener poder y lo que ello representa.

¿Cuántos lleva en el Congreso de la República? Fuera de favorecer el ascenso, amparado en su sombra protectora, de sus dos hijos, uno militar (general de escritorio como lo califican sus propios colegas) y otra al estrellato parlamentario, la población continúa, no en la misma situación sino peor. De aquel discurso fogoso, incendiario, la realidad existe como un abismo. El materialismo, que según muchos proviene de la influencia de su esposa y de su debilidad por su rutilante hija, lo han colocado en la posición de un líder indiscutible de su partido, pero sin ninguna proyección hacia la población a la que ayer prometía un cambio.

Su autoritario ejercicio del poder en su partido ha sido heredado por Zury Ríos, la predilecta, ahora esposa de un senador gringo, quien ahora durante una visita con su flamante esposo, declara que su partido el FRG apoyará la ratificación del genocida plan del patrón del senador, sin saber u olvidando lo que el TLC ha representado para México y aún para los propios Estados Unidos. Olvida o ignora, o le es indiferente, que es el plan para mantener la explotación de los recursos naturales de la América Latina y por consiguiente su casi absoluta dependencia al poder del Norte.

De un líder a quien la población vio un día como el portador de la esperanza, a quien lidera una bancada parlamentaria comprometida a sellar la desgracia de esa misma población a la que prometiera hace 30 años liberar de la miseria y la ignorancia, solamente nos queda comprobar que el compositor guatemalteco que compusiera esa pieza, tenía toda la razón: ¡El tiempo todo lo borra!

Fuente: Diario La Hora - www.lahora.com.gt


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