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El gato con botas
Por Carlos E. Wer G. - Guatemala, 20 de marzo de 2007

Las protestas en contra de la presencia del presidente Bush, un personaje que se ha convertido en la figura política más odiada del universo, prácticamente consumieron las actividades de un grueso sector de la población guatemalteca. Mi esposa y yo, después de estar presentes en la marcha del sábado, acompañando a nuestros compañeros del FNL (Frente Nacional de Lucha), nos escapamos con la finalidad de darle tiempo a nuestra pequeña hija Ixel, para compartir con ella en la presentación de una obra de teatro en la Universidad Popular.

Mientras la obra transcurría, con la participación "soplona" de los niños que constantemente avisaban a los artistas de la presencia del "ogro", mi mente fue recorriendo, al notar su alegría, el pasado, mismo que diera vida al apoyo gubernamental para la creación de la UP y de otros grupos que incursionaron en las distintas ramas del arte, la literatura, la danza la poesía y todas aquellas manifestaciones de él, que enriquecen el espíritu. Recordé al grupo Sakerti y con ello a mis hermanos que aún hoy en un rico convivio intelectual con artistas e intelectuales mexicanos, le mantienen vivo. Recordé que los gobiernos de la década revolucionaria dieron impulso y protegieron a todas esas manifestaciones, especialmente dirigidas a permitir que el pueblo pudiera tener acceso a la formación y educación en esas áreas.

Recordé que el pueblo, el siempre olvidado pueblo, tuvo en ese tiempo facilidades para internarse en los campos del arte como nunca antes, ni después, lo ha tenido. Los conciertos y las presentaciones de obras teatrales o musicales, tienen normalmente precio. Precio que la mayoría de la población no pude pagar. Y al influjo de las ocurrencias de los niños que gozaban con la representación del "Gato con Botas", pensé, que al no permitir que la mayoría de la población pueda tener acceso a las distintas manifestaciones de la cultura, en esa misma dimensión, le hemos abierto las puertas a la delincuencia, a la pérdida de valores morales, a la desbocada, y equivocada, sexualidad de la juventud moderna, a las drogas y con ello a la desintegración social que hoy nos aqueja.


¿Sabrán los padres y madres de familia dónde pasan el tiempo sus hijos e hijas? ¿Habrán tenido la curiosidad de visitar algunos de los innumerables "café Internet", en los que las computadoras muestran "a todo color", todo tipo de pornografía? Hasta aquellas muestras de desviaciones sexuales, en las que se copula con distintas clases de animales y otras desviaciones a las que tardé casi 40 años en conocer que existían, y que hoy, niños y jóvenes pueden conocer, con tan solo llegar a un tipo de esos negocios, en los que se exhiben por solamente Q5 la hora.

Es posible, que aquellos que pueden hacerlo, pongan en manos de sus hijos nintendos para que puedan pasar el tiempo en su casa, sin que puedan tener el alcance y el conocimiento de que la mayoría de sus programas están plagados de violencia. Violencia que raya en el asesinato masivo, en el que, quien tenga mayor efectividad, y rapidez para cometer el asesinato, es premiado con el mayor número de puntos.

¿Podemos en realidad culpar a otros por el deterioro de los valores sociales? ¿Podremos en realidad señalar el profundo deterioro que presenta nuestra sociedad, sin señalarnos a nosotros mismos? No creo, que quien tenga un ápice de honestidad se atreva a señalar a nadie más que a nosotros mismos por la cobardía, o la negligencia de haber permitido que a nuestros propios hogares penetrase la inmoralidad, la negligencia, el materialismo que ha permitido que ellos, sean cada vez menos unidos, menos responsables. En los que los derechos a vivir "su propia vida", ha permitido el herrumbre de sus antes sólidos pilares de formación y educación.

Los problemas, especialmente aquellos que se relacionan con la seguridad, los cuales hoy nos espantan y amedrentan, los hemos creado nosotros mismos. Les hemos permitido entrar en nuestras vidas y en nuestros hogares. A nuestros hijos les robamos su inocencia. Les destruimos la capacidad de soñar. Los alejamos de instituciones como la UP que aún lleva felicidad a nuestros niños, y en su lugar, al poner en sus manos armas virtuales, les enseñamos a matar. Les enseñamos a desdeñar la vida humana, a desvalorizarla.

Mis agradecimientos y felicitaciones a esos jóvenes y no tan jóvenes, que aún hacen arte infantil. Que son capaces aún, de devolver el mundo de sueño y de magia a nuestros niños y niñas.

Fuente: www.lahora.com.gt - 15 y 160307


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