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La necesidad de una nueva izquierda en Guatemala
Por Carlos Figueroa Ibarra - Guatemala, Noviembre 2003

Cuando estas líneas sean publicadas, en Guatemala se habrá observado ya la primera ronda de las elecciones presidenciales. Cualesquiera que sean los resultados, solamente un milagro podrá haber evitado que las izquierdas en Guatemala observen magras votaciones. Los resultados de la URNG y de la ANN muy probablemente no serán satisfactorios.

Habrá que analizar con detenimiento que es lo que ha sucedido en Guatemala para que la izquierda revolucionaria, de tan fecunda y heroica trayectoria, esa izquierda que fue decisiva en la conformación del proceso político guatemalteco durante la segunda mitad del siglo XX, se encuentre en los albores del siglo XXI, en una situación tan lamentable. Distante del 40% de los votos para los sandinistas en Nicaragua, bastante distante también del mas del 35% de los votos para el FMLN en El Salvador. Dividida y con conflictos internos que encarnan el riesgo de dividirla aún más, la izquierda tendrá que tener en los resultados electorales del 2003, una excelente oportunidad para revisar su trayectoria, ver con detenimiento sus errores y trazar un camino que nos lleve a todos a tener algo que Guatemala necesita urgentemente: una izquierda unificada, gravitante de manera decisiva en la correlación de fuerzas a nivel nacional.

La propia coyuntura electoral del 2003 refleja la debilidad de la izquierda hasta en el plano ideológico. Un partido populista de derecha, encabezado por un general genocida, expresión de los poderes más siniestros en el país (genocidas más narcotraficantes), se adueñó del discurso antioligárquico, agitó banderas sociales y se presentó como el abanderado del pueblo guatemalteco en contra de la burguesía rapaz que ha controlado a la nación. En el contexto de las pugnas y cismas más recientes que han afectado a la izquierda guatemalteca, resulta revelador que las dos expresiones de izquierda se hayan acusado mutuamente, de estar aliados a cada una de las dos fracciones burguesas que en el país se han estado enfrentado. En su carta de renuncia a la URNG Pablo Monsanto acusó a la dirección de dicha organización de estar coludida con la burguesía mafiosa del país representada por el FRG. No conozco ningún documento oficial de la URNG en el cual lo afirme de manera oficial, pero he escuchado de militantes de dicha organización el planteamiento de que la otra fracción de la izquierda, la expresada en la ANN, se ha aliado a la burguesía tradicional guatemalteca.

El hecho cierto es que por este camino la izquierda guatemalteca camina hacia el destino que la historia reservó a la izquierda hondureña, o peor aún a la izquierda costarricense, asentada en unos cuantos miles de votos que representan alrededor del 1% de los votos.

En una mesa redonda celebrada en la Facultad de Psicología de la Universidad de San Carlos en el mes de agosto de 2003, finalicé mi intervención haciendo una afirmación que molesto a algunos de los asistentes del evento: había que aceptar que la izquierda guatemalteca no tenía una cultura democrática sino más bien era expresión de todo lo contrario. Algunos de los asistentes e incluso participantes en dicha mesa redonda me dijeron que esas cosas no debían decirse en público. La moderadora de dicha mesa me expresó que el problema de mi planteamiento es que no presentaba alternativa.


Intentaré referirme a dichas objeciones.

En primer lugar considero que precisamente una alternativa a la situación actual de la izquierda es abrirse al debate público de este y de otros problemas que observa en su seno. No hay ningún motivo esencial en la actualidad para seguir encerrados en los debates clandestinos que antaño nos caracterizaron. Los años de la clandestinidad y de la guerra ya terminaron, también por ello los de las sordas pugnas intestinas, muchas veces no explícitas, sino hasta cuando el conflicto estallaba de la manera más costosa: la división. El apelar a que los debates sobre la reforma moral e intelectual de la izquierda se hagan en secreto o en privado, que “los trapos sucios se laven en casa”, revela precisamente esa cultura antidemocrática que se fue forjando en el seno de la clandestinidad.

Pero para realizar este debate abierto de manera constructiva, la izquierda guatemalteca debe abandonar esa premisa de la cultura del terror, que la reaccionaria burguesía guatemalteca y su estado, le impregnaron a toda la sociedad a lo largo de casi dos siglos: el que un conflicto se resuelve solamente por la aniquilación del “otro”. La burguesía y el estado guatemalteco practicaron la cultura del terror a través de la aniquilación física del “otro”. En la izquierda lo que practicamos más frecuentemente fue la búsqueda de la aniquilación política del “otro”, aun cuando no puede dejar de recordarse que en ocasiones, los debates internos en las organizaciones revolucionarias terminaron en el otro tipo de aniquilación.

Las razones de esta cultura de la intolerancia que también impregnó a la izquierda van más allá de la influencia de la propia historia y ecuación social en nuestro país. Tiene que ver también con la feroz disputa entre las distintas organizaciones por adjudicarse el título de vanguardia revolucionaria, derivado de esto el planteamiento de que la propia organización era la única portadora de la “pureza” ideológica revolucionaria, el centralismo que clandestinidad y guerra impusieron.

El peligro de que la izquierda se vuelva una realidad marginal no solamente se debe a los cismas derivados de la resolución autoritaria de los conflictos internos. Pero esta es una veta de reflexión que puede convertirse en el fundamento esencial de su renovación.

Aquí entramos en el asunto de la alternativa. Si la izquierda guatemalteca quiere tener algún futuro, tendrá que construir un partido en el cual el pluralismo de corrientes o tendencias, sea visto como un beneficio y no como una desviación. Tendrá que tener una dirección colegiada y alejarse de caudillismos que en nuestro país por lo demás están injustificados: para bien o para mal el proceso revolucionario no parió en nuestro país un Fidel Castro. La dirección colegiada deberá ser expresión proporcional de la fortaleza o debilidad de las corrientes internas que en todo caso deberán estar representadas. Estas corrientes no deberán ser grupos de interés en función de cargos en el partido o en el Estado. Los únicos liderazgos vitalicios serán los derivados de la autoridad moral y no estarán formalizados en algún cargo. El presidente o secretario general del partido deberá cumplir su período e irse a cumplir otras funciones partidarias al termino de sus funciones. Las diferencias ideológicas deberán resolverse democráticamente, lo que significa que las derrotas o victorias en estas luchas deberán ser parte de la normalidad de la vida partidaria, y que el derecho de mayoría tendrá que complementarse con el de minoría. El partido tendrá que dejarse de ver así mismo como el portador de La Verdad o de la Pureza Revolucionaria y deberá autoconcebirse como vehículo o facilitador de las luchas sociales y no como dirigente de las mismas.

El tema de la izquierda da para mucho más de lo que puede escribirse en un breve espacio. Así pues, presento estas ideas como las iniciales en un reflexión colectiva que se está convirtiendo ya en una urgencia para los que no han renuncido a la justicia social y la igualdad, y para el país entero.

Enviado por Carlos Figueroa Ibarra a la redacción de ::::albedrío.org::::


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