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Contracorriente
Guerra sucia, metáfora y realidad
Por Carlos Figueroa Ibarra - Puebla, México, 20 de julio de 2007

Durante el año 2006 vivimos una ofensiva mediática a través de radio y televisión en contra de Andrés Manuel López Obrador. Asesorada por el publicista estadounidense Dick Morris, la derecha mexicana construyó exitosamente entre amplios sectores de México, la imagen de que el candidato presidencial de la izquierda eran “un peligro para México”. Esta campaña de propaganda negra, sustentada en el principio de Goebbels de que una mentira repetida mil veces se vuelve verdad, fue llamada por los partidarios del ex jefe de gobierno capitalino, “la guerra sucia”. Hace unas semanas ha empezado a circular un libro escrito por Jenaro Villamil y Julio Scherer Ibarra, que lleva precisamente dicho calificativo en su título.

El secuestro y desaparición de dos militantes, probablemente dirigentes, del Ejército Popular Revolucionario (EPR), nos recuerda de manera dolorosa, que llamar “guerra sucia” a la campaña de propaganda negra es solamente una metáfora. La verdadera guerra sucia es esta que hemos observado en estas últimas semanas. Dos integrantes de una organización guerrillera, Edmundo Reyes Amaya y Raymundo Rivera Bravo o Gabriel Alberto Cruz Sánchez, fueron detenidos en un hotel de la ciudad de Oaxaca el 24 o 25 de mayo por fuerzas represivas probablemente al servicio del gobernador Ulises Ruiz. Se ha denunciado que estas dos personas probablemente fueron trasladadas al Campo Militar No. 1, con lo que es posible pensar que las fuerzas policiacas al servicio del gobernador de Oaxaca, las entregaron al Ejército mexicano. Como no se ha vuelto a saber de ellos, pese al escándalo que ocasionaron los atentados del EPR contra los ductos de PEMEX, cabe conjeturar lo peor.

Las perversas bondades de la desaparición son muchas. En aras del espacio de esta columna solamente cabe mencionar que la desaparición forzada da al victimario el pleno control del cuerpo de la víctima. Como entre el victimario y la víctima no existe la barrera del Estado de derecho, para el primero es posible usar el martirio del cuerpo de la víctima para poder llegar a su verdadero cometido: la información que tiene ésta. No hay límite, salvo la resistencia física, el umbral de dolor que tenga el torturado o torturada y probablemente el peso de sus convicciones ideológicas. Tres son los objetivos fundamentales de la desaparición forzada: información, intimidación y liquidación. Los dos desaparecidos del EPR, más uno más al cual se ha vinculado al zapatismo, han entrado al círculo infernal de la guerra sucia. La desaparición de estas tres personas da a sus secuestradores control total para obtener información, infunde terror en el seno de la gente que los conoce, que los acompaña en su lucha, o en aquellos otros que aunque no estén involucrados temen correr igual suerte. Y crea condiciones para ejecutarlos, lo cual no podría hacer si hubieran sido detenidos y sometidos a los tribunales respectivos.

El secuestro de los integrantes del EPR podría pasar de ser un hecho aislado a ser una vivencia cotidiana en nuestro país. Si la sociedad civil en México contempla este hecho sin inmutarse, la guerra sucia, la de a de veras, no la que es una metáfora, se convertirá en práctica común en este país. Depende de nosotros.

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