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Contracorriente
Haití en un puño
Por Carlos Figueroa Ibarra - Puebla, México, 8 de octubre de 2007

La última vez que me sentí tan impactado por la pobreza como me sentí el sábado 29 de septiembre de 2007, fue en julio de 1989 cuando caminaba por la zona aledaña al Mercado Oriental de Managua. La Revolución Popular Sandinista se encaminaba hacia el fin de su ciclo y los que la apoyábamos esperábamos que esto no fuera así. Pero el que diez años después del triunfo revolucionario, la miseria me impactara tanto como me impactó aquel día en el Mercado Oriental, revelaba que la revolución se había topado con valladares que a la postre terminaron acabándola. La guerra y el bloqueo agotaban sus fuerzas y las posibilidades para la justicia social que habían soñado sus animadores y los que los apoyábamos. Ese día de julio de 1989, caminamos por el mercado, el comandante César Montes y yo. En un puesto en dicho mercado, me senté a comer con el veterano combatiente en Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Casi al final de la modesta comida, se nos acercó un muchachito descalzo y cubierto apenas con un pantalón corto. En las manos llevaba una hoja de plátano y nos rogó que le depositáramos en ella, las sobras de lo que habíamos comido. Para decirlo con palabras de Simone de Beauvoir, sentí el corazón en un puño.

Vuelvo a sentir lo mismo ese sábado 29 de septiembre de 2007, mientras me adentro en la Citeville, ese Puerto Príncipe profundo. Esta vez mi compañero de viaje es Henry Monroy, un paisano que es funcionario de la misión de la ONU en Haití. Desde hace años, Henry tuvo que dejar Guatemala cuando se hizo insostenible su situación de juez que juzgaba a algunos de los asesinos del Obispo Juan Gerardi. Hoy de manera generosa me lleva en su vehículo por estas calles atestadas de gente, de pequeños camioncitos pintados de manera extraordinaria, y de los cuales se cuelgan racimos de haitianos. Esas piezas de verdadera artesanía popular que fungen como transporte colectivo, se llaman tap tap por el sonido que hacen al golpear en sus paredes los que se quieren bajar. En las esquinas se observan verdaderos volcanes de basura apilada una y otra vez. Un río de aguas negras atraviesa por el lugar donde bajamos a tomarnos una fotografía. Abundan los puestos de venta de comida, de refacciones de automóvil usadas y acaso robadas. Ropa usada, herramientas, frutas y muchas cosas más se venden en medio de un griterío en creole. La Citeville es un lugar populoso y que se antoja peligroso, finalmente en Haití los homicidios y secuestros abundan. Pero Henry Monroy, que sabe del tema, me saca de mi prejuicio: siendo mucho más miserable Haití que Guatemala, homicidios, secuestros y violencia delincuencial en general, son más abundantes en mi país de origen.

Porque Haití es mucho más que sus calles oscuras en las noches, en las cuales los puestos callejeros, se alumbran con una vela debido a un alumbrado público verdaderamente precario. Mucho más que los bidonville (villas miseria) instalados en las laderas de las colinas donde miles y miles de grises casas de block sobreviven sin drenaje ni agua potable. Mucho más que Petionville y Peguyville, los barrios supuestamente elegantes en los cuales se pueden observar calles que parecen de arrabal. Mucho más que sus bosques ahora inexistentes por la tala inmoderada. Mucho más que la violencia política que de cuando en cuando estalla y que hace del país una nota roja en la sección de política de los medios en todo el mundo. Mucho más que dictadores como los Duvalier, o de santos convertidos en sátrapas como Aristide. Haití es un país donde la miseria coexiste con una extraordinaria riqueza cultural. Durante mi breve estancia, Sandra Noble, una mexicana residente en el país hace 37 años, lo calificó de “país mágico”. Haití también es su estremecedora pintura en la cual se apiñan mujeres en mercados y con pañuelos en la cabeza. Haití es también su conmovedora música y el sonido y el ritmo del creole en los labios de muchachas y muchachos de extraordinaria belleza. En todo esto pienso mientras camino por las polvorientas calles de Croix de Bouquet, en las afueras de Puerto Príncipe. Barrio o poblado de artesanos del latón, Croix de Bouquet debe recorrerse de día para poder mirar bien las primorosas piezas de repujado en metal que hacen sus creadores. Después de las 6 de la tarde la ausencia de luz eléctrica, dificulta la selección de lo que el viajero quiere llevarse, para no olvidar nunca el privilegio de haber estado en Haití.

Los que visitamos Haití entre el 25 y 30 de septiembre de 2007, debemos ese privilegio a Susy Castor y a todos los que hicieron posible el evento con el cual se inauguraron las actividades de la Fundación Gerard Pierre Charles. Como nos dijo Emir Sader a Raquel Sosa y a mí: es verdaderamente triste que estemos en Haití y que Gerard ya no esté con nosotros. Pero Gerard y Susy nos recuerdan con su largo exilio, con su retorno a su patria en 1986, con las persecuciones de que fueron objeto, con su casa incendiada por los grupos de choque de Aristide, con su trabajo intelectual y su tenaz lucha política, que se puede sentir el corazón en un puño.

Pero que también el corazón se puede convertir en un puño alzado.

8 de octubre de 2007,
40 aniversario de la muerte de Ernesto Che Guevara.

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