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Contracorriente
Por qué me alegra el triunfo de Colom
Por Carlos Figueroa Ibarra - Puebla, México, 7 de noviembre de 2007

El contexto en el cual se producen, siempre matiza alegrías y pesares. Si en las elecciones del pasado domingo 4 de noviembre de 2007, la candidatura opositora a la de Álvaro Colom hubiese sido la de una izquierda animada de un programa realista y profundo de cambios, el triunfo del candidato de la Unión Nacional de la Esperanza me hubiese dejado con el sabor amargo de la frustración. Pero la realidad nos indica que no fue así. Álvaro Colom ganó apuradamente a un candidato proveniente de las filas del ejército, vinculado a la guerra sucia librada en Guatemala en los años ochenta, sindicado de ser cabeza de uno de los grupos de poder oculto en el país y que además agitó la bandera represiva como solución a los problemas del país. Por eso me produce alegría el que finalmente Colom haya ganado las elecciones presidenciales, pese a que las encuestas indicaban que el candidato de la derecha represiva le estaba pisando los talones. Acaso lo que en realidad me suceda es que me alegra que Otto Pérez Molina no haya ganado las elecciones.

Mucho se ha dicho que ambos candidatos no tenían diferencias reales en torno a la política económica que impulsarían, ni tampoco con respecto a las relaciones con los dueños del poder y del dinero que son los que en realidad gobiernan a Guatemala. En relación a Colom recibí la opinión de que colocado en la presidencia no tendría la fuerza de carácter, ni la fuerza política, ni los deseos, para acotar sustancialmente los intereses de los grupos de poder más siniestros que existen en el país. Será muy negativo para el país si esto es así. Pero más negativo hubiese sido tener en la presidencia de la república a un conspicuo representante de la cultura política dominante en el país: la cultura del terror . Esta cultura política ha sido largamente labrada en la historia del país. Comenzó con el oscurantismo, el racismo y la explotación de los pueblos originarios en la sociedad colonial. Continuó con estos elementos reciclados por las dictaduras conservadoras y liberales del siglo XIX las que además aportaron la figura del dictador, que en la mitología política guatemalteca se ha convertido en el hombre fuerte que enérgicamente pondrá en orden a la nación. A todo ello se agregó el anticomunismo que se generó con la insurrección de 1932 en El Salvador y que fue reproducido ampliadamente por la guerra fría y el programa revolucionario de los diez años iniciados el 20 de octubre de 1944. La aparición de la insurgencia a partir de la década de los sesenta, terminó por consolidar esta cultura política que odia las diferencias, crea otredades negat ivas (el comunista, el subversivo, el indio, el delincuente) para legitimar genocidios o las mal llamadas acciones de “limpieza social”. En los años pasados Ríos Montt representó dicha cultura política con la diferencia de que el citado genocida siempre tuvo ánimos reformistas. Hoy, con el slogan de “mano dura”, Otto Pérez Molina ha tomado esta nefasta estafeta sin que su pasado nos indique que tendría ánimos similares a los de Ríos Montt.

Por ello no puedo sino alegrarme de que Pérez Molina haya sido derrotado en las recién pasadas elecciones presidenciales. Me alegra también, que no haya ganado la presidencia de la república un personaje que debería estar rindiendo cuentas ante la justicia por sus crímenes de lesa humanidad. En Guatemala, la introyección en grandes sectores de la cultura del terror , el que el movimiento revolucionario haya sido derrotado, y la protección que les brinda el alero del poder imperial estadounidense, ha propiciado que personajes como Ríos Montt y Pérez Molina en lugar de estar siendo juzgados, graviten con poder en la política nacional, gocen de impunidad y además hayan vivido o vivan del erario nacional.

En la prensa internacional se ha difundido el triunfo de la “centro izquierda” en Guatemala. He escuchado con estupor que el triunfo de Colom le da continuidad a los triunfos de la izquierda en América Latina. Me parecen exageradas las expectativas e inexactas las comparaciones. No será Colom, ni tampoco lo pretende, un presidente de un perfil como el de Evo Morales, Rafael Correa o Hugo Chávez. Pero también tengo mis dudas de que sea como Lula da Silva, Tabaré Vázquez o Mónica Bachelet. Ciertamente la socialdemocracia internacional está buscando darle a la UNE un sesgo socialdemócrata y en la UNE existen socialdemócratas a quienes respeto como Luis Zurita. Pero Colom llega muy condicionado por los poderes fácticos en Guatemala, no advierto una militancia socialdemócrata extendida y consolidada en el partido ni advierto firmeza ideológica y de carácter en su líder. Si me equivoco en ésta apreciación, probablemente en 4 años tendremos un gobierno fuerte con cuentas públicas presentables y un partido socialdemócrata en consolidación. Todo ello sería una ganancia para el país. Si no me equivoco, Guatemala vivirá mutatis mutandis una suerte de reedición del gobierno de Alfonso Portillo. Entonces, resultará cierta la predicción del general Otto Pérez Molina: habrá perdido una batalla pero no la guerra. Y será el presidente sucesor de Colom.

Me causa desazón que la izquierda en Guatemala se haya equivocado por acción o por omisión, en la perspectiva de que para el país fuera indiferente quien ganara las elecciones del 4 de noviembre. Me parece indicativo de lo extendida que está la cultura del terror en Guatemala, el que un columnista de apellido Rosales haya planteado que todos aquellos que adversaron la consigna de voto nulo o no votar, eran oportunistas en búsqueda de colocación en un eventual gobierno de la UNE. Igualmente absurdo y estalinista hubiese sido decir que todos los que propiciaron tal consigna estaban apalabrados con Pérez Molina.

Dejando a un lado estas diferencias de enfoque, y desde la perspectiva de la lucha por la memoria y contra la impunidad, repito: me alegra el triunfo de Álvaro Colom.

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