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La estela que deja Ernesto Capuano
Por Carlos Figueroa Ibarra - Puebla, México, 8 de mayo de 2008

Estoy de regreso en mi casa en Puebla después de un largo camino desde la ciudad de México. Apenas son los primeros minutos del 8 de mayo. Imagino al cuerpo inerte de Ernesto Capuano del Vechio en su ataúd, allá en la capilla número 4 de la funeraria García López en General Prim 57. El funcionario de la embajada de Guatemala que tenía que dar la autorización para la cremación, se equivocó y puso mal el nombre de dicha funeraria. Así las cosas, los restos de Neto no pudieron ser cremados y no será sino hasta mañana a las 2 de la tarde, cuando se pueda cumplir con su voluntad. Por ello, lo que queda de Ernesto Capuano permanecerá en la soledad y en la oscuridad hasta el día 8 de mayo cuando sus amigos, que en realidad fueron su familia, vuelvan a reunirse para darle el último adiós. Encima del féretro permanecerá también la fotografía que es producto del genio creativo de Mauro Calanchina.

De regreso en el autobús, he pensado en lo que hizo Neto Capuano en su vida para convertirse en un ser excepcional, querido y respetado hasta por quienes tenían ideas diametralmente opuestas las suyas. Ubicado en la izquierda desde su primera juventud, el dictador Ubico lo desterró en 1938. Lector acucioso pese a su escasa vista, Neto hablaba con entusiasmo citando datos estadísticos, hechos y personajes para demostrar la injusticia y la obsolescencia del capitalismo. Sin embargo, pese a su prolijidad en la fundamentación del socialismo, nunca fue un ideólogo notable del movimiento revolucionario guatemalteco. Tampoco fue un líder carismático y de arrastre de masas como lo fueron Víctor Manuel Gutiérrez y Leonardo Castillo Flores. Ni un templado y osado conspirador como en su momento lo fue Carlos Paz Tejada. No obstante, la memoria de Ernesto Capuano del Vechio perdurará por muchos años y la estela que deja en su paso por la vida es ancha y turbulenta.

El legado de Capuano es sobre todo ético. Nunca fue protagónico ni le gustó el poder. Siendo una referencia para el gobierno mexicano en asuntos de exiliados, nunca usó ese prestigio para beneficio personal. Vivió en la pobreza y pese a ello no aceptó que se hicieran valer sus méritos para gestionar alguna pensión por parte de los gobiernos que sucedieron a las dictaduras militares. Aunque civiles, para Neto estos gobiernos eran neoliberales, razón suficiente para no querer que su nombre estuviera asociado a ellos. Tampoco aceptó la posibilidad, la cual se le planteó oficialmente, de que se le diera la Orden del Quetzal durante el gobierno de Alfonso Portillo. Y su altruismo fue descomunal. Durante más de cuarenta años ayudó a los exiliados guatemaltecos y de muchos otros países latinoamericanos, a resolver su situación migratoria en México. Nunca cobró un centavo por los miles de casos que resolvió. Para que él empezara a moverse en los laberintos de la Secretaría de Gobernación de México, bastaba con que la persona a la que ayudaba “fuera positiva”. Y esta expresión la usaba Neto para socialdemócratas, social cristianos, nacionalistas, demócratas a secas, comunistas, troskistas, foquistas, maoístas, anarquistas, pero sobre todo rebeldes y perseguidos.

Pese a que no soy creyente, pienso que lo más cercano a un santo que he conocido en mi vida fue Neto Capuano. La primera vez que lo pensé fue en ocasión de un pequeño homenaje que se le hizo en México. En ese momento, como siempre que se le hacían elogios, Neto miraba con perplejidad al orador. Y como siempre fue su costumbre, los cumplidos se le olvidaron cinco minutos después. En un momento el que tanto en la derecha como en la izquierda, observamos que a menudo la política es la búsqueda del poder por el poder y por el dinero, cuando vemos que muchas veces las ideologías son meramente discursivas y los partidos franquicias vendibles al mejor postor, acaso convenga recordar y seguir el ejemplo de Ernesto Capuano del Vechio. Acaso Guatemala necesite que muchos de sus hijos e hijas imiten su congruencia entre sus decires y sus haceres, su predilección por los principios, su simpatía con los oprimidos y desterrados, su modestia inapagable, su desapego a los bienes materiales y su altruismo incalculable.

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