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Genocidio y etnocidio en Guatemala
Por Carlos Figueroa Ibarra - Puebla, 10 de mayo de 2013

Los adversarios de caracterizar la matanza de 200 mil guatemaltecos durante los años del conflicto interno coinciden en su argumento principal. En Guatemala “las atrocidades” se hicieron porque se quería acabar con la insurgencia, no con un grupo étnico en particular. Por lo tanto en la medida en que no hubo eliminación de grupos en función de su adscripción étnica, no hubo genocidio. Esto es lo que he leído de manera burda en los volantes y comunicados de la Fundación contra el Terrorismo, de manera indignada en las declaraciones del presidente Otto Pérez Molina, Antonio Arenales Forno y los defensores de Ríos Montt y Rodríguez y finalmente, de manera más elaborada en las entrevistas y escritos de Gustavo Porras y mi buen amigo Adrián Zapata. Con su inteligencia habitual, Gustavo estira todavía más el argumento de la derecha insurgente: no hubo genocidio no solamente porque no se intentó eliminar a una etnia, sino porque pensándolo bien las etnias en Guatemala ni siquiera existen…

El origen del argumento de las derechas contra la existencia del genocidio en Guatemala, en realidad no se sustenta en un examen riguroso de la verdad histórica sino en una argucia legal. La convención de la ONU sobre el Genocidio de 1948 acordó que por tal se entendía la matanza intencional, parcial o total de un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Se eliminó por falta de consenso incluir un quinto grupo: el político. Esta omisión derivada de la correlación de fuerzas heredada de la Segunda Guerra Mundial se volvió precepto jurídico en base al cual se hacen las acciones penales contra los genocidas. No está sustentado en un rigor científico sino en una conveniencia política. Puede uno explicarse que el argumento de que no hubo genocidio porque no hubo etnocidio lo puedan usar los acusados y sus defensores, los que temen que en el futuro se les implique en actos genocidas, los voceros de la derecha contrainsurgente. No así de quienes pretenden ser cientistas sociales y fundamentar científicamente sus análisis.

En efecto en Guatemala la intención del genocidio, que en rigor histórico es toda matanza en gran escala, no fue la “limpieza étnica”. El sentido general de la matanza fue el politicidio y no el etnocidio. Sin embargo, en momentos y regiones la matanza de carácter anticomunista se volvió intencionalmente etnocida. Simple y sencillamente porque en la lógica perversa de los genocidas había que destruir a una etnia parcialmente –o si era necesario totalmente–, porque se presumía que esa etnia parcial o totalmente estaba controlada por la “subversión comunista”. La intencionalidad contrainsurgente se mezcló de esa manera con una intencionalidad etnocida. El genocidio se volvió etnocidio en momentos y lugares precisos. Uno de esos momentos y lugares fue lo acontecido en el Triángulo Ixil en 1982.

Gustavo Porras argumenta que en 1967 la matanza en el oriente del país no afectó a pueblos mayas y que ello evidencia que en Guatemala no hubo etnocidio. En la matanza en la Sierra de las Minas y regiones aledañas, el genocidio contrainsurgente ciertamente no se volvió etnocidio porque la población que era la base social de la guerrilla en aquella zona era ladina o mestiza. El genocidio necesitó ser etnocidio cuando la insurgencia prendió en el altiplano central y septentrional del país. Esto explica por qué para matar en gran escala a los ixiles, el ejército pudo haber usado a soldados que provenían de otras etnias. Y explica la razón por la cual más del 80% de los muertos y desaparecidos por la acción del Estado fueron personas provenientes de las etnias mayas.

Negar el genocidio en Guatemala es bastante explicable por conveniencia ideológica y política. No por honestidad o inteligencia.

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