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Los otros ojos
Por Claudia Gonzalez - Barcelona, Catalunya,20 de marzo de 2007
claudarc@gmail.com

“Acostumbrados como estamos a pensar la conquista desde el lado de los conquistadores, olvidamos reflexionar sobre lo que realmente significó para los conquistados.”

S. Martínez Peláez
La Patria del Criollo

La voz del nativo. La mirada del Otro y del otro. El cuerpo de un pueblo con marcas de guerra. Deseos ambiguos e historias nuestras que sólo escuchamos, que no contamos.

El que escucha determina al que habla. Quizá por esto y la costumbre de pensar desde el lado del Otro y no del propio, entre otras cosas, es que la visión que se tiene sobre un pueblo es tergiversado por una mirada que no es la propia. Observamos así reflejos distorsionados por ficciones que sirven a quien define al otro.

La Vanguardia del catorce de marzo 2007, publicó varios artículos bajo el título El otro en vitrinas en donde se plantea la pregunta ¿Cómo mostrar las culturas no occidentales sin caer en el colonialismo ni en el paternalismo? Nuevos museos como el de Quai Branly de París asumen el reto. [1]

Lacónicamente, diré que el punto central de los artículos es la mirada y el otro.

Llama la atención especialmente, el título de la exposición en el citado museo: “D'un regard l'autre. Historie des regards européens sur l'Afrique, l'Amerique et l'Océanie”. Hay un juego del lenguaje aquí. Como bien apunta la autora, es un título claramente ambiguo pues se puede traducir ya sea por “El otro en una mirada” o “De una mirada a la otra”, lo que por una parte implica la compleja contrucción de la alteridad y por la otra las multiples miradas subjetivas sobre el mismo objeto.

El intento del museo parisino parece ser una buena propuesta, un reto que debería asumirse en toda área, con toda cultura.

La construcción del otro no desde la propia voz ha sido un fenómeno, no sólo observable en los museos en donde las otras culturas tienden a aparecer como subalternas, subdesarrolladas, prehistóricas, arcáicas, sino también y quizá sobre todo en los medios de comunicación. Como escribí en el artículo pasado, esa tendencia a posar la mirada sobre un solo sitio y magnificarlo, totalizarlo.

Los guatemaltecos llevamos siglos encima con el peso de la voz del otro que nos define, y no hemos hecho nada, sólo soportarlo. Exposiciones de fotografías en el extranjero sobre la miseria, ganadoras de premios por imágenes de aquél rostro de niño pintado de payaso pidiéndo dinero en la reforma. Noticias en los diarios que a gritos transmiten, a través de imágenes miedo, inseguridad y lástima.

De lejos, preguntas ¿por qué dejamos que nos expongan así? ¿por qué permitimos que la visión del otro sea la que impere sobre nosotros? ¿qué pasa con aquéllo bueno que también existe en Guatemala?

El Otro que nos define, usa esa definición según su necesidad. Me parece necesario reflexionar sobre la cuestión de la construcción de la alteridad, sobre todo desde el ser guatemalteco. El otro como semejante (Lacan), el otro como apertura u horizonte (Gadamer) o como rostro o excepcionalidad (Lévinas) son posturas que plantean al otro no como diferencia sino como aquéllo que no soy. Al definir al otro se juega también nuestra existencia, nuestra posición.

¿Qué hacer? Nuestro hacer. Nuestra voz. Levantar el rostro y recordar lo que Guatemala significa para nosotros guatemaltecos, lo que podemos hacer con lo que tenemos. Tachar al Otro, al que también le falta.

Sonará a utopia para unos, a realidad posible para otros. Ya decía Confusio que un viaje de mil millas empieza con un sólo paso.


[1] La Vanguardia, portada 14 de marzo de 2007, culturas

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