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Carta a un intelectual de renombre
Por Carlos Maldonado* - Guatemala, 15 de julio de 2013

Desde la sinuosidad de la llanura

He leído algunas columnas escritas en la sección editorial del matutino Prensa Libre de Guatemala por el célebre historiador petenero Julio Castellanos Cambranes, quien desde hace un tiempo acá, ha venido haciendo en ellas, una serie de contribuciones teóricas a la reflexión teórica de la historia. Muy interesantes, educativas y clarificadoras.

Sin embargo, desde hace algunas columnas también, ha venido dando respuestas a cartas que le envían algunos supuestos alumnos de la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos, donde si bien se aporta, esta contribución se centra más en condenar a esa instancia por sus contradicciones que en discurrir sobre las variadas corrientes de pensamiento que en ella gravitan. En plantear la necesidad imperiosa de una reflexión sistemática acerca del uso de ellas en la práctica de su enseñanza.

Aunque intuyo, son auto cartas del mismo Castellanos como método dialéctico y argumentativo para arrancar sus monólogos, démosle el beneficio de la duda.

En esas “respuesta a alumnos de historia”, como titula a esas columnas donde mantiene el pretendido diálogo, más se le van en regañinas a la Escuela de Historia que en dar luces a los intelectuales sobre las mejores herramientas de análisis con las cuales aportar a la solución de problemas atinentes a la población, especialmente, la más excluida y abandonada. Por tanto, no se cumplen los verdaderos objetivos del intelectual experimentado y comprometido. Empero, sus razonamientos muy válidos, pierden razón cuando en ellos se ahoga una vieja roña contra algunos miembros de la Escuela, lo cual, sus lectores no tenemos porque saberlo ni nos debe interesar.

Los pasos de Hobsbawn a quien admira, por lo que puede perfilarse en sus letras, se le pierden al no cumplir nuestro académico con la norma de hacer críticas dando alternativas. Porque a lo que entiendo, una crítica a afines debe ser para fortalecer o contraponer ideas, métodos o modelos teóricos. No para descalificar burdamente. Como decía mi abuela, con una mano el látigo con la otra el pan.

El marxismo, utensilio teórico, históricamente valioso para el examen de la realidad. Parte aguas, fundamental en la historia de la humanidad, del cual se valió él mismo, para sus múltiples estudios e investigaciones, sufre un ataque artero de su parte, no porque reniegue veladamente de él, sino porque no profundiza hacia qué forma de marxismo se refiere. Y, aunque especifica que al dogmatico, al estalinista, luego continua arrasando contra profesores, a quienes ni conoce y cuyo único pecado ha sido auxiliarse de ese método, ante la efímera y endeble “modernidad”. A ellos, nuestro académico de marras acusa de “comisarios políticos”, llevándose por delante, incluso, al método mismo. Apuntalando de esa manera a la derecha, enemiga de la historia científica que encuentra en esas discrepancias el clima favorable para seguir martillando en la mente de los jóvenes que lo moderno, lo actual, es valerse de todo pero no creer en nada. A despreciar las bases teóricas acumuladas en el acervo humano para abrazar un eclecticismo inocuo que solo sirve para figurar con discursos rimbombantes que nunca llegan a las masas en esta era de la información. Por tanto, que nunca tocan ni con la menor suavidad las venas del poder real.

Ese anarquismo filosófico que está en contra de todo y a favor de nada es la que fascina a los poderosos que siguen viento en popa haciendo grandes negocios que esclavizan a millones y destruyen a pasos agigantados el planeta.

Tuve la oportunidad de estudiar y seguir estudiando el marxismo, al cual muchos académicos han condenado al pasado pero sin tener la honestidad de decir cuáles son sus argumentos para calificarlo como una antigualla. Quizá por la presión social que estableció la caída del Socialismo Real, por imitación a las vacas sagradas. Pero ambas por la indefinición política que provoca la ignorancia. Sin embargo, pasados apenas 22 años de ese suceso, el método del materialismo histórico vuelve a cobrar vigencia al demostrar que el capitalismo no es eterno. No obstante, esa contundente realidad, algunos siguen mascullando el discurso del fin de la historia, de las ideologías, sin percatarse que las contradicciones del sistema nunca desaparecieron sino solo se retardaron. Así pues, quedaron varados en la visión de que la modernidad es seguir las “modas” aunque ello signifique renegar de la ciencia.

Personalmente, en él materialismo he encontrado una herramienta insustituible para comprender la realidad. No solo de mí pequeña parcela sino del mundo; no solo desde mi cotidianidad sino de la complejidad de las relaciones internacionales. Y, muchos intelectuales contemporáneos, comprometidos con la dialéctica lo han convertido en fundamento para sus investigaciones. Léase Wallerstein, Benjamin, Adorno, Habermas, el mismo Hobsbawn y muchos otros.

Pero, aún con toda esa aplastante legitimidad, las ideas dominantes en esta globalización neoliberal son las que propalan el anacronismo de la lucha de clases como si esto fuera parte de la novedad y no algo objetivo. Derivado de ello, la indefinición política de muchos académicos es lo que marca este período, inhibiéndolos de tomar posición y, por lo mismo, de luchar por otras alternativas que la historia misma ha demostrado, si son posibles. Aún cuando la utopía se ha acercado esperanzadoramente.

Ello, les impide también hacer alianzas estratégicas contra el verdadero enemigo que es el capital; entendiéndolo como lo que es: una relación social. Creyéndose cada cual dueño de la verdad absoluta y peleando batallas estériles en defensa de su ego desde el castillo feudal de su idea contra las de sus iguales en la explotación. Enfrascándose en batallas teóricas insignificantes que no cambian la correlación de fuerzas a favor de los oprimidos sino que distraen a todos mientras el neoliberalismo avanza a pesar de su incoherencia y disfuncionalidad para la convivencia del ser humano y su entorno.

No es mi estilo adular a nadie. Lo que sí reconozco es a un buen académico cuando lo leo o lo escucho, si tengo oportunidad. Por ello, me molesta que alguien de quilates eruditos en aras de la construcción de una imagen, por viejas rencillas o por narcisismo, arroje por la ventana al niño junto con el agua sucia de la bañera.

La Escuela de Historia, como toda institución seria que hace el esfuerzo del análisis científico, necesita un debate permanente, una discusión profunda entre las múltiples corrientes de pensamiento que bullen en su interior. Especialmente, de los que a diario aportamos dentro de ella. Es una obligación de sus autoridades dirigirlo y qué mejor puya que las opiniones externas como las de Castellanos Cambranes para potenciarlas. Lo que no se vale es que estas externalidades sean planificadas y planteadas para socavar y no para construir. Para pavonearse como mejor que sus colegas.

(*)Economista y Profesor en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala - Colectivo “La Gotera”

www.albedrio.org.


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