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La lucha por el agua es una lucha de todos
Por Carlos Maldonado* - Guatemala, 22 de abril e 2016

El capitalismo por su naturaleza depredadora nacida de su dinámica concentradora y centralizadora de capitales ve en los recursos naturales y energéticos, oportunidades para, desde su posesión y control, aumentar sus ganancias. No le importa si a través de ello degrada y contamina el ambiente, no le importa si destruye ecosistemas, no le importa si desplaza a comunidades enteras. Actúa en el fondo hoy, como lo hizo en su anterior fase, la monopolista, sin miramiento alguno. Quizá, en sociedades más desarrolladas de herencia colonialista, sus gobiernos han promulgado leyes para contener la ambición de sus capitalistas locales para evitar sus desmanes en sus propios territorios, más éstas no son extensibles para el resto del mundo, especialmente en sus ex colonias o lo que consideran como sus patios traseros, donde sus “empresarios” se sienten en total libertad para realizar sus tropelías aprovechando la laxitud de sus legislaciones con respecto al control de las inversiones a lo que hay que aunar la corrupción de sus funcionarios que son más prestos a recibir coimas por permitir aquello que las blandas leyes prohíban.

De hecho, las potencias y sus elites gobernantes prefirieren seguir utilizando el mundo periférico como proveedor de materias primas, lavador de sus ganancias mal habidas tal como lo demuestra el caso de los Papeles de Panamá, paraísos de inversión donde pueden llevar a cabo sus negocios desde los legales sin trabas fiscales como maquilas, extracción minera, plantacionista, hidroeléctricas, etcétera o ilegales que les reportan altas tasas de rentabilidad como trata de personas, producción y tráfico de estupefacientes, trasiego de armas, hasta las de lujuria y desenfreno en edenes turísticos donde muchos de sus ciudadanos son libres, con apenas un resquicio de limitación por parte de autoridades locales para depravarse auxiliados de drogas, alcohol envileciéndose y envileciendo a los lugareños a través de las inverosímiles extravíos sexuales que pueden desembocar en excesos criminales. Y, tanto sus turistas como que los que andan en misiones diplomáticas o militares se comportan displicentemente cual si fueran dueños de dichos lugares. Ejemplos, muchísimos, tal como las violaciones de niñas colombianas por tropas gringas asentadas en las bases que instalaron en ese país sudamericano denunciadas por organismos colombianos de derechos humanos; o, similares comportamientos en Afganistán, Irak u otros lugares donde han estado asentadas sus tropas y su personal administrativo. O, escándalos protagonizados por personal de seguridad como el que cuidaba a Obama en Cartagena de Indias cuando una de las tantas cumbres, con prostitutas. Personajes cuya formación está cifrada en el más puro consumismo y vulgar hedonismo que los hace considerar todo, hasta a los seres humanos, como objetos para su placer.

En este marco referencial es donde hoy se inserta la lucha por el agua, un recurso valiosísimo para la humanidad y la vida en el planeta, que al ser considerada por el capital como una mercancía más que hay que explotar y lucrar y, para ello, poseer y registrar, escalando en ese sentido un peldaño más en la lucha de clases a nivel mundial, es fundamental que entendamos así esa nueva invasión de sus inversiones en nuestros países, tal como la que está sucediendo hoy en nuestro país. De allí que, nuestra agua, adscrita a nuestro territorio; calificado por los que se creen los amos del mundo como parte de su patio trasero, no podía ser ajeno a esas contradicciones. Especialmente, cuando ese recurso acuífero representado por sus lagos, ríos externos y subterráneos, manantiales y, por supuesto, sus mares, es muy rico y variado.

El capital, personificado por los grandes latifundistas del país y por los foráneos que no son más que unas cuantas familias criollas y otros personajes extranjeros dedicados a los cultivos extensivos de agroexportación: caña de azúcar, palma aceitera, banano; así, como a otros negocios extractivos y de generación de energía como las minas y las hidroeléctricas, han mancillado los cauces naturales de los ríos, bajo ese precepto colonialista, para transformarlos a fuerza de canales, quíneles y represas, en otro elemento de su capital, dejando desprovistas de agua a muchas comunidades campesinas que subsisten de la pequeña agricultura y ganadería, las cuales ante severo golpe a su endeble economía han tenido que vender a esos terratenientes sus pequeñas parcelas improductivas en relación a las grandes de sus vecinos convirtiéndose así en asalariados de esas mismas o engrosando el ejército de desempleados que si no son contratados por los finqueros se trasladan a las urbes para dedicar sus vidas a la labor, por demás grotesca y esclavizante, de la informalidad. Y, en los casos más desesperados arriesgando su vida en una travesía incierta al norte donde corren el peligro de si llegan, ser encarcelados y deportados, quedando subsumidos en la deuda eterna que adquirieron para sufragar dicho viaje.

Es por eso, que la defensa del agua es una lucha estratégica pues el capitalista vendrá por más y no se detendrá hasta dejarnos sin lo más elemental si no encuentra la resistencia suficiente que lo haga desistir de sus ambiciones megalómanas. Lucha que puede escalar en un enfrentamiento directo pero impostergable.

La lucha por la preservación y control del agua no es solo obligación de los campesinos. Es de todos los ciudadanos que luchamos por un mundo mejor para nosotros y las futuras generaciones. Un mundo sin capitalistas sino de propiedad común donde los bienes puedan ser gozados de manera racional y ecuánime por la sociedad sin apropiaciones ni aprovechamientos privados.

* Economista y Profesor en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Colectivo de Acción y Reflexión Política “La Gotera”

www.albedrio.org.


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