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Del por qué de las lluvias y la época seca
Por Carlos Guillermo Maldonado* - Guatemala, 21 de agosto de 2016

Las nubes de la tarde, que como caballos corrían al horizonte, arrastradas por un viento helado del norte que en esos meses de noviembre y diciembre suelen llegar a estas tierras, alocadas se arremolinaban empujándose una a otras en afanosa competencia por ver quien llega primero; tomaban diferentes formas: unas de osos, otras de velas de barcos, otras de niños cachetones. Pero todas, felices porque el frío de estos días las pone más activas, menos perezosas como cuando descansan en una tórrida tarde de verano donde suelen estancarse en el cielo.

Una de ellas, la más pequeña y traviesa, decide rezagarse de sus hermanas. Se resiste al gélido céfiro solo para esperar a un ave que vuela sola por el firmamento.

¿Dónde están tus parientes hermosa ave?

Los he perdido. Por un momento me detuve a ver el sol quien hiriéndome con sus rayos los ojos, me dejó por instantes ciega y cuando recuperé la visión habían desaparecido la parvada.

Pobre niña mía. Quieres que te acompañe en tu búsqueda

Gracias mi querida nubecilla. En compañía será más gratificante la búsqueda.

Y así viajaron juntas en búsqueda de las demás aves. Sin embargo, el cielo que es muy amplio no daba cuenta de ellas. Lo más preocupante es que la tarde avanzaba y la noche venía rauda detrás cubriendo con su manto de luna y estrellas la bóveda celeste.

Cansada, triste y angustiada dijo a su gaseosa acompañante:

Estoy exhausta mi atenta nubecilla. Creo que bajaré a descansar a uno de esos pinos de ese extenso bosque. ¿Quieres acompañarme?

Por supuesto, amiga. Mientras tú duermes y repones fuerzas, yo vigilaré tu sueño y haré una barrera de niebla a tu derredor para que no te molesten los demás.

Diciendo esto, ave y nube descendieron sobre la pinada y tal como se había dicho, el ave, envolviéndose en sus alas, se entregó al sueño y la nube a cubrir los alrededores con su neblina.

A la mañana siguiente, el sol brilló con su consabida alegría, los trinos pusieron el toque de fiesta al bosque y la avecilla desayunando una jugosa oruga, se dispuso a seguir su búsqueda. Pero su nubecilla no estaba. Solo el rocío en las hojas daba cuenta de que allí había estado. Miró a todos lados pero no aparecía por ningún lado. Subió por encima de los árboles pero simplemente ésta había desaparecido.

Sin bandada y sin nube, el ave se sintió más desconsolada. ¿Que haría? Por más que la llamó con sus graznidos, la nube parecía haberse evaporado. Que gracioso ha de haber sonado, si toda nube no es más que vapor.

Cuando estaba a punto de irse hacia el horizonte en búsqueda de su parvada, dando por desaparecida a su enigmática acompañante, la vio en lo más alto del cielo, taciturna y pensativa. La alcanzó y le dijo:

Hola. Por qué te fuiste tan temprano. Creí que no te volvería a ver.
Lo que pasa es que el sol en tan bajo suelo me mortifica. Me pican sus rayos por la espalda como pequeñas espinas y la comezón me vuelve loca. Solo lo puedo soportar y somos más que amigos, en las tardes en el mar cuando se va ocultando en el océano. Allí es más tierno y amable y no tan grosero como por la mañanas. Realmente es fastidioso.

Te entiendo, a mi me pasa igual con algunos de mis hermanos. A veces, que es muy seguido, se ponen bulliciosos y no dejan pensar. Entonces escapo de ellos como me sucedió ahora que es por los que los perdí. Por quedarme detrás pensando en las nubes, en la brisa marina, o en las tardes sobre los tejados.

Bueno, entonces, si no te molesta porque no te acompaño y tú me acompañas a mí y así platicamos todo el tiempo. Solo quiero que me hagas un favor.

¿Cuál será?

Cuando vaya a llorar, vuelas bajo para anunciarles a los humanos que pueden alistar sus siembras porque mis lágrimas pronto caerán. Y cuando esté lista para ir a otros sitios, volarás alto para anunciarles que el verano está por llegar.

Por supuesto, mi bella nubecilla. Ese será de ahora en adelante mi trabajo y mi mayor placer.

Desde entonces, el azacuán anuncia la época de lluvias cuando vuela bajo y el término de las aguas cuando se le ve volando alto.


Para Arlen, Vladi y Alexei.


* Economista y Profesor en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala. - Colectivo La Gotera

www.albedrio.org.


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