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Pispizigaña
Tavito
Por Claudia Navas Dangel - Guatemala, 4 de octubre de 2007
cnavasdangel@yahoo.es

Gustavo es un niño que la vida me ha acercado varias veces, vende discos piratas, de esos que no fallan, también estuches para celulares; cuando hay partidos en el estadio dice que vende gorras, playeras, lo que sea, él es responsable, en parte, del sostenimiento de su casa, un lugar en donde él y sus hermanos llegan tan sólo a dormir y a entregar lo ganado cada día. Su padrastro es alcohólico, su mamá es vendedora ambulante como él, y sus hermanos, todos son receptores de la ira del padrastro, y en ocasiones también de la rabia de la madre, hasta el vecino les ha pegado.

En un par de ocasiones le vi moretones en los brazos y en la cara, cuando me contó como se los había hecho, me dijo con resignación, pero eso no es nada, viera como le quedan las piernas a mi mamá después de que su marido la patea.

Tavito, ve con normalidad los golpes, aunque no le gusten, yo misma lo escuché amenazar a su hermana con reventarle la boca más tarde por una broma que ella le hizo, como él, muchos niños y niñas en el país crecen en un ambiente de violencia y abuso.

A pesar de que la violencia intrafamiliar no siempre es denunciada, las cifras que existen son contundentes: aproximadamente un 60% de los homicidios de mujeres son resultado de la violencia doméstica. El abuso sexual y el incesto afectan a un 30% de las niñas y a un 18% de los varones.

En 1998, la Procuraduría General reportó 735 casos de maltrato infantil y en 1999 fueron 869 casos. La Comisión Nacional Contra el Maltrato Infantil, por su parte, registró en 1999, entre junio y julio, 63 denuncias. En ellas, la madre era la agresora en la mitad de los casos, el lugar de agresión más frecuente era el hogar (80% de casos) y el tipo de maltrato más denunciado fue el físico (48%), seguido de negligencia (32%), abuso sexual (12%) y maltrato emocional (8%).

Esto, cuando alguien se anima a hablar, pero lamentablemente, en la mayoría de casos todo queda en denuncia, y quienes agraden vuelven a hacerlo una y otra vez porque las leyes no son precisas, porque la violencia en los hogares en muchos casos, es vista como una medida correctiva, porque acá, a nadie le importa lo que le suceda al vecino.

Y aunque los moretones se desvanecen, la rabia contenida, el dolor acumulado, el miedo y la frustración no, se quedan ahí, y peor aún se reproducen.

(Con información de la Red Andi)

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