Un país aún herido
Por Cecilia Olmos* - Guatemala, 30 de diciembre de 2006
“Toda vez que el pasado dejó de arrojar su luz sobre el futuro, la mente del hombre vaga en la oscuridad”**.
El bloqueo de la memoria es una situación repetida en sociedades que vivieron experiencias límites. En ellas, la negación del pasado genera una carencia de palabras comunes para normar lo vivido. Trauma para unos, victoria para otros.
Para algunos, a veces para las propias víctimas, olvidar lleva al descanso, a la paz después de largos años de tensión, a la seguridad después de tanta incertidumbre. Un remanso. ¿Qué sentido tendría revivir el dolor? ¿Reponer a cada instante la pesadilla? Para qué continuar con un tema que produce hastío, a veces miedo, que divide.
Para otros, para muchos, sobre todo para aquellos que hacen carrera por las pistas del sistema, el olvido representa el síntoma sombrío del remordimiento de una vida negada, que empaña el sentido de la vida nueva. El olvido es el recurso de protección ante recuerdos hirientes, es un olvido que se entrecruza con la culpa de olvidar. Una vergüenza no nombrada e indecible, por la infidelidad hacia otros y hacia la propia vida, la vergüenza de la complicidad y de la convivencia.
Junto a la negación dolorosa, al remordimiento, a la contradicción que en muchos impide la integración del pasado y del presente, está la necesidad estratégica de la “razón de Estado”. Este es el campo de los silencios planificados, pactados, la estabilidad tiene que ser comprada por el silencio. De ningún modo hay que olvidar que las razones de Estado juegan con la inocencia de los hombres comunes. Manipulan los espantapájaros del miedo para que la memoria desintegre los recuerdos; para que la sociedad sienta hastío ante la evocación que amenaza con romper la paz cotidiana.
La postguerra ha servido como fuente del olvido para el blanqueo promovido, una paleteada de concreto venida desde arriba y que sepulte la memoria vacilante. De ahí nace la idea imperativa del consenso, etapa superior del olvido. Esta es la fase de búsqueda de la Guatemala actual y los Acuerdos de Paz fueron su punto de partida. Pero recordando los orígenes del conflicto hay que convenir que todo sigue casi igual, los que estaban instalados en la cima del poder no se han movido y solo algunos han ganado, al menos, el derecho a la palabra.
En esta historia reciente el consenso no puede ser el acto fundador de la Guatemala de hoy. Ya existía una sociedad aplastada, traumada. En vez de activarla y hacerla renacer se ha seguido usando la estrategia de fomentar el temor regresivo, de condenar como irracional cualquier divergencia, de estigmatizarla como falta contra lo existente, por tanto contra la sobrevivencia de una transición precaria. Desde esta mirada, el consenso puede convertirse en una conminación al silencio.
Romperlo, violarlo, significa atentar contra el proceso, dañarlo. Y cruzando esa asfixia permanente prevalece la impunidad como una nueva acometida que se suma, que ahonda en los dolores, duelos y desamparos, que arremete, destruye creencias y principios y viola las reglas que en el curso de los siglos han ido construyendo otros hombres.
Por eso, ese es el primer desafío presente, llegar a vivir en concordia con una verdadera reparación moral y jurídica donde se rompa el dique del ocultamiento, de la imposición del olvido, de las encrucijadas del silencio. Los actores del conflicto se han transmutado. Su discurso se ha apaciguado, pero para mí tanta moderación obligatoria hace mal, tanta redundancia hostiga, aún más en un sistema homogéneo, en el cual detrás de las etiquetas están los mismos contenidos.
Sin embargo, aun cuando lo global aparece congelado, se mira por debajo un lento trabajo de construcción-reconstrucción del tejido social, de constitución de sujetos. Hay allí una nueva forma fructífera y no cupular de pensar las alternativas de futuro. Habría que poner atención. El aire de las alturas tiene poco oxígeno.
* Politóloga, ex integrante de la Misión Verificadora de los Acuerdos de Paz de Naciones Unidas en Guatemala.
**Tocqueville, “La democracia en América” (Madrid, 1990).
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