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Viviendo con el miedo
Por Claudia Virginia Samayoa - Guatemala, 21 de febrero de 2005
cvsjrh@intelnet.net.gt

Óscar y Lorena son guatemaltecos con sueños e ilusiones, enfrentados diariamente con una realidad capaz de convertir al más soñador en incrédulo, al más confiado en un ser arisco y al inocente en perverso. Óscar y Lorena salen todos los días de su casa para la inseguridad de su colegio. Sí, su colegio.

Henos aquí, los articulistas en los medios de comunicación y ustedes, apreciados lectores y lectoras, devanándonos sobre la situación del país. ¡Que se cae! ¡Que ya no aguantamos la delincuencia! ¡Que el sistema no sirve! Pero, ¿nos hemos detenido a ver qué está pasándole a nuestras y nuestros hijos, sobrinos y nietos?

A los siete años de edad, las niñas y niños no sólo tienen que enfrentar la difícil tarea de aprender a leer y escribir. Resulta que tienen que enfrentarse a los robaloncheras, robaútiles y roba objetos personales. Poca cosa dirán algunos, eso también pasaba en mi época.

Pero la cosa no se queda ahí; Lorena y Óscar también tienen que cuidarse de la banda de extorsionistas del tercer grado que les amenazan para que entreguen sus dulces o el dinero. Más adelante, los amigos de lo ajeno se vuelven sofisticados acosadores de aquellos y aquellas que se resisten a entrar al grupo de los abusadores. Finalmente, en la secundaria se convierten en vendedores de droga y traficantes de armas. Y no estoy exagerando.

En otros países, se empiezan a ver mecanismos de defensa violentos de los Óscares y Lorenas que, ya no aguantando más, le ponen una bomba a su escuela. Otros optarán por tomar el arma semiautomática de su papá para matar a todos los que se aprovecharon de su inocencia. ¿Queremos esperar que eso pase?

El colegio y la escuela son el terreno de la sobrevivencia del más fuerte, del más gritón y del más astuto. El amor al saber, el sentido del compañerismo y los valores quedan cada día relegados a una esquina del aula del miedo. Los maestros y maestras, así como las direcciones, parecen haber perdido la batalla en un buen número de instituciones educativas.

Saliendo de la escuela, Lorena y Óscar se enfrentaran al temor de los asaltos, los secuestros y los robos en la casa. A lo mejor, también se enfrentarán a situaciones de violencia en la familia o de descuido. Y si se atreven a comentar lo que les pasa, se encontrarán con un pégale si te pega o con el grito iracundo y amenazador al maestro que se siente tan impotente como Lorena, Óscar y los padres ante lo que ocurre.

El espíritu de competencia se ha desfigurado tanto, que se convirtió en un "sálvese quien pueda". Un tu abusas, yo abuso y todos abusamos. Al igual que a nivel nacional, la mano dura indiscriminada parece ser la respuesta preferida de las instituciones educativas. Prohibamos aquello. Castiguemos a todos los que se salgan de la raya. Y de pronto, justos pagan por pecadores. Lorena y Óscar seguramente terminarán castigados también. Resultado: más rencor, más violencia.

Lo que acontece en las escuelas y colegios de Guatemala se convierte en parte del círculo vicioso de la violencia nacional. Al igual que en el ámbito nacional, las medidas represivas sólo provocarán más injusticia. Urge que se mire la situación desde una óptica preventiva. Si es complejo conseguir una respuesta en el ámbito nacional, imagínense lo difícil que es para los maestros y maestras. ¿Cómo convertirnos en un factor de no violencia para ayudar a los Óscares y Lorenas que aún sueñan? Las escuelas y colegios no pueden solos, también allí tenemos que ayudar.

Tomado de www.sigloxxi.com


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