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Niñez migrante de Uganda
Por Claudia Virginia Samayoa - Guatemala, 24 de octubre de 2005
cvsjrh@intelnet.net.gt

Durante sus noches de exilio temporal, pueden estar sujetos a peligros como el abuso sexual o la violencia.

Si, yo lo sé. Más de alguno de ustedes, estimados lectores y lectoras, me va a decir en este momento que estoy loca. ¿Cómo está eso de escribir sobre Uganda si en Guatemala estamos viviendo un gran desastre? Sólo lean este párrafo para cerciorarse de mi locura.

En Guatemala, el desastre no debe ser motivo de desesperanza; ha motivado un sinfín de reflexiones y de planteamientos para cambiar la forma en que estamos construyendo nuestra nación. La exclusión y la pobreza a flor de piel nos avergüenza como sociedad y nos debe mover a cambiar. Y eso nos hace afortunados: es importante recordarnos de vez en cuando lo que es la guerra y las ventajas de la paz que tenemos. Las posibilidades inmensas de reconstrucción y retoma del camino perdido las tenemos porque estamos en paz.

En Uganda, desde hace 15 años, todos los días 50 mil ugandeses del Norte salen de sus casas a las seis de la tarde en busca de las ciudades como Kitgum. Duermen en hospitales, aceras, garajes y en 10 campamentos que los albergan. A las seis de la mañana, regresan a sus casa. Lo más dramático es que 30 mil de los migrantes nocturnos son niños y niñas.

La razón de la cotidiana migración es buscar la protección de la ciudad para evitar que los niños y niñas sean secuestradas por el Ejército de Resistencia del Señor o que sean atacados por las fuerzas contrainsurgentes del Estado ugandés. El Ejército de Resistencia del Señor dice defender los 10 Mandamientos pero ha secuestrado 25 mil niños en las últimas dos décadas para ingresarlos a sus filas. De estos, 7,500 son niñas que fueron esclavizadas sexualmente.

Durante sus noches de exilio temporal, los niños y niñas pueden estar sujetos a otros peligros, como el abuso sexual o la violencia. La situación es grave. Mientras la Corte Internacional de Justicia ha pedido que se arreste al líder del Ejército de Resistencia del Señor, Joseph Kony, y el Gobierno sigue impulsando su política contrainsurgente, las personas en Uganda no tienen ni el derecho a residir en un lugar.

Esta historia se las cuento en el mes en que alrededor del mundo se hacen actos simbólicos para pedirle a los gobiernos su acción para detener el genocidio silencioso en el Norte de Uganda. Pero también se las cuento en el mes de la devastación del huracán Stan, porque debemos de hacer un alto en el camino. Un alto.

Si queremos aprovechar la oportunidad que tenemos por el hecho de haber superado la guerra, no podemos seguir haciendo más de lo mismo. Nuestra solidaridad debe convertirse en clara demanda de acción rápida y coherente del Estado. No se trata de dar gallinas y gallos a diestra y siniestra; se trata de cambiar drásticamente la distribución de la riqueza del país. De una vez por todas, que nuestra solidaridad cambie nuestra forma de vida.

Fuente: www.sigloxxi.com


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