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Carta de una lechuza
Un nuevo inicio
Por Claudia Virginia Samayoa - Guatemala, 1 de febrero de 2007

Hace un poco más de un año, mi intercambio con ustedes, estimados y estimadas lectoras, fue interrumpido por la decisión del medio escrito en que publicaba en aquella época. La decisión, provocada por un móvil de derechas escondidas por una visión falsa de lo que implica amar a Guatemala, provocó en mí efectos insospechados.

Albedrío abrió inmediatamente sus puertas a mi correspondencia; pero me agobiaba una enfermedad que me impedía comprometerme a escribir con la frecuencia que hacía con anterioridad. Ahora, gracias a la insistencia de aquellos y aquellas que creen que el canto de esta lechuza tiene algo que compartirles, reinicio este intercambio.

La última carta que escribí ya no la publicó el medio escrito sino precisamente Albedrío y hacía referencia a los abusos en la Finca Clermont, en donde un miembro de la Guardia Presidencial amenazó a los sindicalistas que habían tomado las instalaciones de dicha finca en señal de protesta por la negatoria de los dueños de pagarles sus prestaciones. La Finca es propiedad de una cuñada del Presidente. Aquel acto de agresión contra aquellos sindicalistas marcó el inicio de un patrón de ataques contra defensores y defensoras que hoy tienen a muchas y muchos de nosotros preocupados: el ataque directo de agentes de fuerzas de seguridad.

El 15 de enero del 2007, Pedro Zamora, Secretario General del Sindicato de la Empresa Portuaria de El Quetzal fue asesinado en una emboscada tendida en el callejón de su casa. Iba en un pick up con sus hijos pequeños a quienes traía del doctor porque estaban enfermos. Los sicarios le dispararon primero al carro hiriéndolo y cuando se acercaban para rematarle le dijeron a su hijo mayor que no se preocupara “sólo vamos a matar a tu papá”. Pedro se tiró sobre su hijo menor para protegerle; pero una bala le penetró la cabeza y sigue muy mal herido.

Pedro Zamora y tres miembros de Sindicato habían estado reportando una serie de amenazas e intimidaciones durante todo el 2006. En agosto del año pasado, el Sindicato había presentado unas medidas cautelares a favor de Pedro Zamora lo que motivó que la Viceministra de Trabajo bajara a Puerto Quetzal a preguntar a la Gerencia de la Empresa Portuaria sobre la situación. La violencia paró un rato; pero reinició con fuerza.

Pero ¿por qué mataron a Pedro Zamora? Lo mataron porque el Sindicato de la Empresa Portuaria El Quetzal se ha estado oponiendo a que el manejo de la nueva Terminal de Contenedores de la Portuaria se concensione a una empresa privada. El planteamiento sindical es que esté a cargo de la misma Empresa Portuaria o que se de en concesión al Sindicato como cooperativa. La oposición del Sindicato implica una cortapisa a uno de los megaproyectos del actual gobierno.

Habrá quién acuse a los sindicalistas guatemaltecos y a mi persona de estar haciendo acusaciones infundadas; pero resulta que desde el 2005 hay pruebas de una serie de conflictos entre la gerencia del la Empresa Portuaria y el Sindicato en torno a este tema; incluidas amenazas directas y veladas. ¿Cuál otra explicación hay? Está claro que este no fue un asesinato por delincuencia común, Pedro Zamora tenía amenazas y vigilancia previa de la cuál había responsabilizado al conflicto laboral y el Estado no había hecho nada para investigar y detener definitivamente las agresiones.

Lo más terrible del caso de Pedro Zamora es que si el mismo queda en la impunidad y no se investiga el fondo y detiene a los autores materiales e intelectuales del hecho se corre el riesgo de que la vieja práctica de asesinato de defensores y defensoras de derechos humanos se instaure de regreso. Hasta el año pasado, la mayor parte de ataques eran actos de intimidación y los asesinatos, en su mayoría se limitaban a los conflictos de tierra; pero este año, el asesinato de Pedro Zamora en el marco de un conflicto con los intereses de gobierno es un aumento de la intensidad de la violencia política en contra de los y las defensoras de derechos humanos a la cuál no podemos ser indiferentes.

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