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Cianuro
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 9 de octubre de 2004

Si existiera una visión de Nación, el tema de la minería ni siquiera se hubiera planteado.

Algo que caracteriza a los países desarrollados o en vías de desarrollo -grupo al cual, lamentablemente, no pertenece Guatemala- es una visión clara de sus objetivos y metas de largo plazo.

Esos países conocen bien su potencial, sus fortalezas, sus debilidades, y también cuáles son las estrategias correctas para escalar posiciones en el contexto mundial.

Otro de los rasgos distintivos de esas naciones es la solidez de sus instituciones. Para empezar, tienen una tradición de gobiernos enfocados en su labor de coordinar los esfuerzos de los diferentes sectores en pos de un objetivo común, pero aún más importante que eso, un sistema capaz de detectar vicios de procedimiento, focos de corrupción, decisiones equivocadas o algún sesgo personal en los asuntos de Estado.

En Guatemala no existe nada de eso, porque los gobernantes se han cuidado bien de proteger sus espaldas aunque en el proceso garanticen la impunidad para sus sucesores. Además, en ese esfuerzo les secundan los demás poderes del Estado, en una connivencia vergonzosa cuyo resultado más evidente es el lugar que ocupa el país en los índices de subdesarrollo y en el proceso de involución hacia la masificación de la miseria.

La relación de la minería en este sombrío panorama, es precisamente la debilidad de Guatemala como Nación. Sin instituciones capaces de defender consistentemente su soberanía, su independencia de criterio o su visión de futuro, el país aparece en el mapa internacional como un paraíso para aquellas compañías rechazadas en sus propios países, por el inmenso daño que ocasionan al medio ambiente y a la forma de vida de la población.

En pocas palabras, el dulce de la inversión extranjera en San Marcos abriría la puerta no sólo a la devastación de ese departamento, sino sería el punto de inicio para la destrucción de Guatemala en gran escala, amparada por una Ley de Minería entreguista y contraria a la vocación misma del país.

No hay que olvidar que ya hay planes respecto de la Sierra de las Minas, Izabal y parte del altiplano.

Hay que decir que en estos casos el dinero corre, y en abundancia. Pero no, como aseguran algunos, para beneficio del pueblo. Las primeras inversiones extranjeras, como tan pomposamente se las llama, tienen el objetivo primordial de abrir puertas, crear consensos, garantizar votos y acallar protestas porque así funcionan las grandes compañías multinacionales.

Para este país, el auténtico veneno de esta operación no es el cianuro, sino la visión cortoplacista y torpe de quienes insisten en creer y hacer creer que destruir el entorno y la vida, es un gran negocio.

Tomado de Prensa Libre www.prensalibre.com


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