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Naturaleza multicolor
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 25 de octubre de 2004

El cuidado del medio ambiente no se reduce a plantar arbolitos todos iguales

Uno de los conceptos más difíciles de transmitir y de comprender se refiere a la biodiversidad. Aunque la palabra ya está en cuanto documento trata de conservación ambiental, el costo y muchas veces la imposibilidad de reparar el balance natural en un ecosistema ya deteriorado, hace que los esfuerzos deriven hacia acciones más fáciles de realizar, las cuales, con una buena campaña de mercadeo, hasta podrían aparecer como importantes aportes a la restauración del medio ambiente.

Otro de los temas esquivos a la comprensión general es aquel relativo a la importancia de los demás componentes, tales como el aire, el agua, los suelos, los microorganismos, los insectos, las aves y otras especies propias de cada sistema, cuya existencia hace posible la delicada y perfecta armonía de la vida en todo el planeta.

Esta es una de las razones por las cuales, cuando una empresa propone reforestar un área devastada por cualquier propósito productivo y decide plantar abetos, pinos o alerces en donde antes había cientos de especies forestales diversas, musgos, arbustos, flores y hierbas más toda la fauna local, las organizaciones ambientales protestan y se resisten a aceptar esa especie de remedo clonado de bosque, cuyas características difieren totalmente del sistema nativo y el cual, por supuesto, no constituye reparación alguna del daño hecho.

Lo mismo sucede con la vida marina, los pantanos, los desiertos y todo cuanto el ser humano, en su desproporcionado afán por sacar del planeta todo cuanto represente riqueza y poder, ha destruido con total inconsciencia sin calcular las repercusiones de su conducta en el largo plazo.

La vasta destrucción y el uso inapropiado e insostenible de las riquezas naturales, han desembocado en una especie de pánico colectivo en la mayoría de las naciones desarrolladas, cuyos líderes tienen el suficiente sentido común como para tratar de frenar el saqueo del planeta y el exterminio de las especies.

A pesar de las presiones de los poderosos consorcios internacionales afanados en extraer todo lo extraíble y vender todo lo vendible, esas naciones ricas junto a otras más pobres pero igualmente preocupadas por los ecosistemas, han creado protocolos para salvar lo poco que va quedando para las futuras generaciones, en un esfuerzo débil e insuficiente.

A los niños se les debe enseñar no sólo a plantar un arbolito el Día del Árbol, sino a cuidar su entorno, a respetar a los animales, a no desperdiciar el agua, a no ensuciar el aire, a comprender la importancia de los insectos en la cadena de la alimentación, a creer en cuánto pueden contribuir al tener un concepto integral del enigma de la biodiversidad.

También es preciso entender que no todo desarrollo viene necesariamente acompañado de destrucción, y que las riquezas, a menos que se distribuyan equitativamente, sólo crean más pobreza, paradójicamente, en aquellas naciones cuya mala suerte es haber sido dotadas con los más preciosos elementos de la naturaleza.

Tomado de Prensa Libre www.prensalibre.com


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