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La selva sin ley
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 7 de febrero de 2005

En el cosmos existe un orden natural, de otro modo chocarían los planetas y las algas solidificarían los mares.

A pesar de la intervención humana, la naturaleza ha logrado protegerse lo suficiente como para no colapsar del todo bajo la presión de la expansión agrícola e industrial, la colonización de grandes territorios —antes poblados de fauna y flora silvestre— y su consecuente secuela de contaminación. Y lo ha hecho gracias a una serie de procesos regidos por códigos genéticos, mutaciones, adaptación a nuevas condiciones climáticas... en suma, a una inmensa colección de leyes.

Entre los seres humanos las cosas funcionan más o menos igual, con la diferencia de que hay una libertad mayor para adaptar esas leyes a las circunstancias, según éstas se presentan.

Por ello, la mayoría de las sociedades organizadas, según ascienden en la escala del desarrollo, instauran sistemas para proteger a sus miembros más débiles: los niños, las personas con limitaciones físicas o mentales y los adultos mayores: sus ancianos, aquellos ciudadanos que ya cumplieron con entregar su aporte a la comunidad.

En Guatemala, por el contrario, parece haber un proceso de involución, una especie de carrera de aceleración hacia el salvajismo, hacia la pérdida de valores y hacia la conformación de un conglomerado humano en el cual sólo podrán sobrevivir los fuertes, los adultos jóvenes y quienes tengan más desarrollado el poder de la violencia.

Y en esto colaboran gustosas las instituciones del Estado, celebrando con júbilo proyectos capaces de discriminar a los débiles, por el solo hecho de constituir un grupo vulnerable y dependiente de ciudadanos enmudecidos por las injusticias que se cometen en su contra.

Este es el caso del famoso carnet para el adulto mayor. Un carnet que los ancianos han debido luchar para obtener, lo cual ya es una barbaridad, el cual de nada les servirá, porque las autoridades son incapaces de garantizar su correcta aplicación. Supuestamente, es para hacer uso del transporte público de forma gratuita. Pero en realidad, dependerán de la voluntad de los choferes de buses o, en el mejor de los casos, de sus ayudantes, quienes decidirán si lo aceptan o no como si tuvieran la potestad de hacerlo.

Y los adultos mayores tendrán que bajar la cabeza y agradecer la dádiva, como si no fuera un derecho adquirido por largos años de trabajo en beneficio de su país. Igual sucederá con quienes tienen limitaciones físicas, cuando necesiten usar el Transmetro, porque quienes diseñaron ese sistema simplemente decidieron ¡cosas de la vida! hacer caso omiso de la existencia de miles de personas, las cuales por problemas de movilidad quedarán marginadas de ese publicitado proyecto municipal. Quizás porque el bienestar de este importante segmento de la población representa un costo que nadie presupuestó.

Fuente: www.prensalibre.com


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