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Ochenta y tantas...
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 7 de marzo de 2005

La violencia aumenta, crece sin patrón establecido, nos acecha a la vuelta de la esquina

No es cuestión de cifras. es, simplemente, inaceptable. En este país se sobrevive en una alerta perenne con el miedo alojado en la boca del estómago y la sensación de amenaza que jamás desaparece, ni siquiera cuando se llega a casa, donde supuestamente las personas se sienten seguras y protegidas.

Y no es tampoco únicamente en contra de las mujeres. Entre las víctimas de asesinatos siguen siendo minoría porque más hombres caen abatidos, casi la totalidad por proyectil de arma de fuego de calibre prohibido.

Las cifras arrojadas por las fuerzas de seguridad son tan absurdas, tan increíblemente ofensivas, que resulta difícil creerlo.

Guatemala empieza a compararse ya con aquellas pequeñas repúblicas africanas en las cuales se desarrollan guerras desde antes de su colonización y donde si la gente no muere de inanición, muere de sida o cae víctima de la violencia tribal.

Guatemala no está tan lejos; en el país de la eterna primavera son asesinadas 45 mujeres al mes, en promedio. Más de una diaria. ¿Hombres? Muchos más, sin contar a los niños y adolescentes mezclados en la estadística.

Un factor adicional es la saña aplicada en los procedimientos, si es que así puede llamarse a las técnicas empleadas para secuestrarlas, golpearlas, violarlas y finalmente descuartizar el cuerpo sin vida para arrojar sus pedazos a un bote de basura.

Su dignidad herida y, luego, su vida arrebatada con una crueldad inexplicable, estas mujeres probablemente ignoran en sus últimos momentos cuál fue la causa de la agresión.

Pero la apuesta es sembrar un terror sin límites en una población indefensa. Si el Gobierno se ha declarado impotente ante la delincuencia juvenil y las bandas criminales que dominan a la sociedad, es poco lo que puede hacer un ciudadano cualquiera para proteger a su familia.

Las armas usadas son cada vez más ofensivas. Los fusiles AK-47 y las ametralladoras UZI se han vuelto parte del paisaje cotidiano.

Armas fabricadas con tubo metálico y percutor abundan en las colonias de mayor incidencia de delincuentes y narcotraficantes y las municiones se venden sin control alguno.

Por eso, cuando el Ministerio de la Defensa decide requisar las armas de calibre especial registradas en el Decam para disminuir la incidencia de actos delictivos, es inevitable sonreír ante la ironía de la medida.

No creerán las autoridades que los criminales más buscados tienen sus armas registradas en el Decam.

Y que si las tuvieran, llegarán a depositarlas para actualizar el registro. Tampoco es razonable creer que así disminuirá la violencia contra la población, tolerada desde las propias instituciones de gobierno, para oprobio y vergüenza de la nación.

Fuente: www.prensalibre.com


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