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Pobres más pobres
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 12 de marzo de 2005

A pesar de la propaganda gubernamental, el TLC no significa un mejor nivel de vida para los más pobres.

El discurso oficial no ha cambiado un ápice desde mediados del siglo pasado y el pueblo tiene que seguir soportando el abuso de poder. Los dirigentes de los partidos políticos continúan negándose a democratizar sus estructuras, empecinados en conservar el poder de negociación a espaldas de sus bases y resistiéndose a representarlas, según lo establecen sus reglamentos.

Las instituciones de gobierno, por su lado, persisten en ignorar la voluntad y los intereses del pueblo, concentrándose en establecer alianzas políticas con determinados sectores. El Ejecutivo insiste en afirmar que sus decisiones beneficiarán a las mayorías, aún a sabiendas de que algunas tendrán impacto negativo en la vida presente y futura de los ciudadanos. En suma, la democracia brilla por su ausencia y la población no tiene representación alguna.

Un claro ejemplo de esto es la publicidad oficial sobre los supuestos beneficios del TLC, mientras acto seguido se aprueba en el Congreso, en medio de manifestaciones de rechazo, una reforma a la Ley de Propiedad Industrial limitando a los sectores más necesitados el acceso a medicamentos genéricos, todo por obedecer a las presiones de Estados Unidos.

¿Será necesario recordarle al presidente la inconveniencia de usar la demagogia ante la cruda realidad que rodea a la población? También Portillo afirmaba que su gobierno se debía a los pobres, mientras se embolsaba el dinero de la educación, la salud, la vivienda y los programas de desarrollo.

Corrupción no se refiere solamente a robar los fondos del Estado. También lo son la negligencia en el cumplimiento de las promesas de campaña, la indiferencia ante las terribles carencias de las mayorías, las negociaciones en beneficio de algunos sectores poderosos y los compromisos a espaldas de los gobernados -como el caso de las PAC y el TLC.

Es inmoral seguir ignorando las necesidades de tantos seres humanos privados de oportunidades de desarrollo sólo porque los gobernantes siempre, sin excepción, han priorizado una agenda personal en el ejercicio del poder.

El embrujo de los salones de palacio sigue afectando el juicio de los políticos. Al asumir su cargo pierden de vista premisas tan básicas como el interés popular, los límites de su poder y la relación entre los indicadores de desarrollo -los cuales revelan el abandono en que se encuentra el país- y ciertas decisiones de Estado tomadas bajo presión de otros países o de organismos internacionales, todos ellos más interesados en crear dependencia que en fortalecer la economía de pequeños países subdesarrollados.

Fuente: www.prensalibre.com


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