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Estereotipos
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 19 de marzo de 2005

“Si en Guatemala no hubiera indios, seríamos más desarrollados”, dijo la dama mientras sorbía su té.

Todos los países de América Latina presentan, en mayor o menor grado, la tendencia a discriminar a las poblaciones indígenas y agruparlas en conceptos estereotipados, multiplicando de esa manera el racismo y la marginación.

No es preciso ir muy lejos para advertirlo. Basta aguzar el oído y escuchar los matices del desprecio cuando incluso personas de evidente origen indígena se refieren a los indios como seres inferiores, ignorantes, zafios y mal parecidos, culpables eternos del subdesarrollo y de la pobreza de nuestros países.

Ni hablar de quienes presumen de tez más clara y ascendencia europea, porque la simple sugerencia de una pizca de sangre inca, maya o azteca en sus impolutas venas es una ofensa mortal.

Visión de antigua raigambre, la percepción del valor humano de los pueblos indígenas ha sido mediatizada por las clases dominantes, convirtiéndose en un poderoso montón de estereotipos tales como: los indios son flojos, no se puede confiar en ellos, no trabajan porque no quieren, sólo sirven para tener hijos, son culpables de la deforestación, son sucios y mentirosos, en fin, si no fuera por ellos, como decía la dama del té, el país sería desarrollado.

Y para subrayar sus afirmaciones, surgen las comparaciones de rigor con Argentina, Chile, Uruguay o Costa Rica. Allí no hay indios —dicen, en la gloria de su ignorancia— por eso han salido adelante.

Ajenos por completo a las causas y a las consecuencias de esta marginación atávica de sus hermanos aborígenes, los sectores de mayor poder social y económico continúan transmitiendo de generación en generación actitudes y conceptos propios del medioevo, sin siquiera cuestionárselos.

De ahí que el primer juicio por racismo, gracias a una demanda presentada por Rigoberta Menchú contra un grupo de partidarios de Ríos Montt que la vejaron frente a los magistrados de la Corte de Constitucionalidad en pleno y ante las cámaras de la televisión, constituya un precedente importante.

Sin embargo, aún hay quienes opinan que es una exageración de la señora Menchú, quizás porque no comprenden cuál es el problema de actuar según lo manda la costumbre, insultando y despreciando a otro ser humano por diferencias étnicas.

Es hora de un cambio. La sociedad debe entender y desechar su modo perverso de confrontar la diversidad.

El racismo, presente en todos y cada uno de los escenarios guatemaltecos, es indudablemente uno de los grandes obstáculos para el desarrollo de la nación.

Fuente: www.prensalibre.com


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