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La primera teoría
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 9 de mayo de 2005

Y el policía explicó a los reporteros, con todo el peso de su autoridad: “De plano fue una venganza pasional”.

El cadáver de la mujer yacía sobre el pavimento. Sus manos yertas aún lucían los anillos de oro de 14. A su lado, un bolso cerrado. Otro cadáver más para la morgue, otra mujer a las estadísticas del Ministerio Público y, obviamente, otro crimen sin resolver.

Pero el oficial ya tenía su teoría para presumir ante los reporteros que cubrían la nota: “Si no le robaron, es porque de plano fue una venganza pasional”.

Según el representante de la autoridad, para matar a una mujer no puede haber otras razones.

Aún cuando ya se ha comprobado que uno de los requisitos para ingresar a las maras es asesinar a una mujer -cualquier mujer, dicen ellos-, en el momento del hecho mismo la pobre víctima pasa a ser protagonista de algún episodio pasional turbio cuyo final natural era su muerte violenta.

La mujer guatemalteca sobresale por muchas razones: es trabajadora, leal, “arrecha” dicen por ahí para explicar su increíble fortaleza ante el maltrato, el abandono y la adversidad. En resumen, en un país cuyas instituciones se caen a pedazos y en el cual la justicia es apenas una idea vaga de algo que sucede en las películas, la mujer ha sido uno de los factores decisivos en la búsqueda de la verdad, de la dignidad y de la aplicación de la ley para lograr la rehabilitación del tejido social.

Dicen que las cifras de la violencia aumentan de manera tan amenazante, que cada día se alarga más la distancia que nos separa de la posibilidad del retorno a una vida normal. Digo “dicen”, porque ya son muchas las entidades que presentan informes, redactan documentos, denuncian y revelan los vicios de un sistema policial inoperante y un sistema de justicia que más parece haber sido diseñado para garantizar la impunidad.

Pero entre esas cifras disparándose hacia el infinito, están los inexplicables asesinatos de mujeres. Allí caen adolescentes, niñas, señoras de mayor edad, estudiantes universitarias, prostitutas, escolares, empleadas domésticas y empresarias. No importando dónde ni importando el motivo, las autoridades aceptan el hecho como parte de su rutina diaria.

Uno de los fenómenos más impactantes en este panorama es el irrespeto por las víctimas de la violencia, ese afán de los agentes por aparecer como muy expertos ante las cámaras, dando su primera teoría para que la prensa la reproduzca en grandes titulares.

Esa falta de ética trasciende y contamina las investigaciones, altera la percepción de los hechos, daña la reputación de las víctimas y golpea los sentimientos de sus deudos. Pero peor aún, revela la falta de capacidad y calidad humana de quienes tienen la obligación de garantizar la seguridad de la población.

Fuente: www.prensalibre.com


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