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Los malos discípulos
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 20 de junio de 2005

“Nada hace tan estimable a un príncipe como las grandes empresas y el ejemplo de raras virtudes”.
Nicolás Macchiavello.

Con frecuencia se menciona a Nicolás Macchiavello como el ideólogo de la maldad y a El Príncipe, una de sus obras más emblemáticas, como el decálogo de los gobernantes perversos.

Sin embargo, la astucia y el refinado pensamiento estratégico de este notable hombre de letras del Renacimiento florentino está muy lejos de las burdas maneras de regir los destinos de los pueblos propias de quienes presumen de formar parte de su corte de seguidores.

Esta reflexión surge luego de observar el pulso producido entre el Ejército y el jefe del Ejecutivo en torno al uso -por parte de la Policía Nacional Civil- de las instalaciones del Hospital Militar.

Esta demostración de fuerza de la institución castrense ha puesto nuevamente sobre el tapete ciertas alteraciones en la pirámide del poder y confirma una vez más que esa entidad ha logrado convertir a los organismos del Estado en entes “obedientes y no deliberantes”, trastocando por completo el orden lógico de las cosas.

Durante más de 30 años se ha considerado a la organización militar guatemalteca -desde la perspectiva del ciudadano común- como una entidad granítica, poderosa, hermética y capaz de transformar a cualquier político civil, sea cual fuere su ideología política, en un elemento moldeable y fácil de controlar.

Esto ha dado a sus cuadros dirigentes un aura de esquivos y hábiles discípulos del gran Macchiavello, capaces de emular a su príncipe en las artes del engaño y la manipulación.

Sin embargo, las enseñanzas del filósofo florentino no corresponden a un simple abandono de la moral a favor de la fuerza pura ni a gobernar bajo la premisa cruda de que el fin justifica los medios.

Todo lo contrario, el ilustre pensador aconsejaba: “El príncipe puede ganarse a su pueblo de muchas maneras... Insistiré tan sólo en que un príncipe necesita contar con la amistad del pueblo, pues de lo contrario no tiene remedio en la adversidad”.

El ejemplo dado por el mandatario al ceder ante el poder de una institución desacreditada por vergonzosos escándalos de corrupción y venalidad resulta desalentador para la población.

Significa que de nada han servido los 36 años de conflicto armado ni la firma de los acuerdos de paz, porque las armas rigen aún la vida y los destinos de la población civil.

Significa también que existe una estructura democrática de cartón, sujeta a las órdenes y a la voluntad soberana del alto mando. En fin, esta claudicación de la autoridad civil demuestra que los bienes nacionales no necesariamente pertenecerán a la sociedad, mientras exista un poder capaz de someter a su conveniencia los mandatos de la propia Carta Magna.

Fuente: www.prensalibre.com


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