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La mona vestida de seda
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 4 de julio de 2005
elquintopatio@mac.com

Dice el señor ministro que los uniformes negros serán más seguros, porque los criminales no podrán copiarlos.

Habría que preguntarse si cuando aparece un grupo de hombres uniformados fuertemente armados y se introducen a la fuerza en una vivienda, los pobres ciudadanos que la habitan tendrán la presencia de ánimo para evaluar si la tela es la original de los uniformes de la Policía Nacional Civil o, simplemente, una imitación barata.

Eso se deduce de las afirmaciones del ministro de Gobernación, quien parece sentirse muy a gusto y muy confiado con la supuesta inviolabilidad de la nueva indumentaria negra de los agentes. Según se deduce de sus afirmaciones, el cambio de color —y de tela— evitará el uso de las insignias de ese cuerpo policial por parte de los pandilleros que actualmente hacen de las suyas amparados por los colores institucionales.

Lo que el señor ministro no aclara, es cómo evitará que los propios agentes, ataviados con sus propias prendas, cometan esos actos delictivos. Es importante señalar que en los últimos años se ha descubierto a muchos de ellos delinquiendo felices de la vida porque confían en el amparo de la impunidad y en el temor de las víctimas a ratificar las denuncias.

Luego de las declaraciones ministeriales, queda la duda de si realmente el jefe máximo de la seguridad nacional está convencido de la inocencia de sus huestes y de la eficacia de esta nueva estrategia para confundir al enemigo. Porque, para su información, son muchos los ciudadanos convencidos de que el enemigo está adentro, bien cobijado tras su uniforme azul o, dentro de poco, negro.

Por supuesto, no sería apropiado ni inteligente negar que también hay muchos delincuentes que se aprovechan de la falta de controles para montar sus propias fábricas de uniformes oficiales. Buen negocio, toda vez que la clientela parece aumentar en lugar de disminuir y porque el riesgo de ser capturados se nivela con las ventajas de caer en un sistema judicial débil y permeable.

En todo caso, el problema de la seguridad nacional no reside en el color de la tela de los pantalones. Si así fuera, en lugar de un Ministerio de Gobernación o una policía nacional se podría haber combatido el flagelo contratando a un experto en moda.

El uso ilegal de millones de armas —desde lanzagranadas, AK-47 y mini Uzi hasta pistolas de pequeño calibre— unas hechizas y otras de contrabando, permiten sugerir que los niveles de violencia y de impunidad responden a una situación de crisis profunda, cuyas raíces son tan difíciles de determinar como sus consecuencias. Y mientras las autoridades no se pongan de acuerdo en el uso de los recursos para combatir este problema y continúen lidiando con un Estado dividido, mareros, narcotraficantes y contrabandistas seguirán haciendo de las suyas y no les importará cómo se vista la policía.

Fuente: www.prensalibre.com


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