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Siete y uno
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 9 de julio de 2005
elquintopatio@mac.com

Con las explosiones en Londres como ruido de fondo, el G-8 decide aumentar la ayuda a los países pobres

El grupo de los ocho países más ricos del mundo —Gran Bretaña, Canadá, Francia, Italia, Japón, Alemania, Estados Unidos y Rusia— ha visto violentamente interrumpida su reunión en Escocia por una serie de atentados terroristas en la capital del Reino Unido, en lo que se describe como la peor tragedia sufrida por los ingleses desde la Segunda Guerra Mundial.

En apariencia, las acciones atribuidas a Al Qaeda fueron cuidadosamente planificadas para coincidir con las celebraciones por el triunfo de Blair al obtener la sede de los Juegos Olímpicos 2012 y con el inicio de la reunión del grupo de los ocho en suelo británico.

Si Al Qaeda quería llamar la atención, lo logró. Pasada la primera impresión, los italianos comenzaron a prepararse para un eventual ataque terrorista, temiendo sufrir acciones de represalia por haberse aliado a Estados Unidos en la guerra contra Irak.

En medio de toda clase de conjeturas respecto de los motivos y repercusiones de este nuevo acto de guerra, los países más poderosos del mundo han continuado discutiendo su agenda en la cual son prioritarios los planes para consolidar su hegemonía, lanzando a las naciones del Tercer Mundo algunas migajas del pastel con el objetivo de acallar las protestas y neutralizar la oposición de ciertos bloques de países inconformes con sus estrategias.

Sin embargo, el temario no es fácil y deja en evidencia las fuertes divisiones del grupo en asuntos de inmensa trascendencia para el futuro del planeta y sus habitantes, como son los controles en la emisión de gases que provocan el calentamiento global, el combate de la pobreza y la reducción de la pandemia de sida que se extiende sin control por las naciones africanas y otras del Tercer Mundo.

El mayor divorcio se observa, sin duda, entre Estados Unidos y el resto de los países.

La terca e irresponsable negativa de Bush a firmar el Protocolo de Kyoto, mediante el cual se pretende reducir la emisión de gases contaminantes procedentes de los países más industrializados, es una grave ofensa para el mundo, ya que significa la condena a muerte de millones de especies y de seres humanos con el único objetivo de garantizar el enriquecimiento desmedido de las grandes compañías estadounidenses.

Y ahí está, por el otro lado, la presencia abrumadora de cientos de millones de africanos, latinoamericanos y asiáticos cuya situación de pobreza no es más que la consecuencia de la depredación económica y política de sus países por las prácticas colonizadoras de Europa y Estados Unidos.

Los 42 billones de euros adicionales en “ayuda” para los países pobres de los cuales tanto presumen los líderes mundiales no es más, entonces, que un mínimo abono a una antigua deuda de occidente con estas naciones cruelmente pauperizadas.

Fuente: www.prensalibre.com


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