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Caminos de asombro
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 11 de julio de 2005
elquintopatio@mac.com

La falta de desarrollo económico de un país no es excusa para entorpecer el desarrollo de las artes.

Hace algo más de un mes recibí una invitación para ver Del azul al cielo, una película guatemalteca realizada por un equipo de técnicos y artistas dirigidos por Ana Carlos. Instalada en un sofá frente al televisor, la vi sola y me impresionaron su ritmo, su poesía y su perfecta ausencia de pretensiones. La película es una pequeña joya y uno de sus mayores aportes es retrotraernos al paisaje local, quitándonos el filtro obligado de la violencia, el odio y la discriminación.

La historia, contada a lo largo de sus escasos 25 minutos, no importa tanto como el hecho en sí de haberla realizado en Guatemala, sobre temas y personajes nacionales. Y haber logrado, con recursos mínimos, un trabajo que merece elogios.

Luego, me ha llegado una invitación de la Embajada de Francia para el próximo jueves 14, cuando el Gobierno de ese país otorgará la Orden de las Artes y las Letras a Daniel Hernández-Salazar, uno de los fotógrafos nacionales más destacados no sólo por su impecable técnica, sino por haber contribuido de manera decisiva al proceso de reconstrucción de la memoria histórica después del conflicto armado.

Estos dos hechos —la película y la imposición de la orden— reafirman el hecho de que hace falta muy poco para lograr resultados alentadores en los terrenos artístico y cultural. Y que, contrariamente a lo que sucede con el futbol, en el arte sí se obtienen resultados de calidad internacional capaces de desmentir la falacia de que el país está sumido en un subdesarrollo multidimensional.

Ejemplos de grandes logros hay muchos, pero la mayoría de ellos son y seguirán siendo desconocidos para el público, porque aún no existe una institución capaz de retomar el tema de la cultura y convertir su promoción en un asunto de Estado.

La discusión de si este campo de actividad es o no prioritario entre las políticas de gobierno, es vieja y obsoleta. La cultura es una prioridad, tanto como la educación y la salud. Es un alimento esencial para el espíritu y sin él todo intento de construir una sociedad moderna y progresista quedará truncado. Sin embargo, muy pocos son los políticos capaces de comprender su trascendencia y menos aún los burócratas que se pasean por los pasillos del Palacio Legislativo rumiando sus incongruencias.

Los artistas representan el oxígeno que necesita la sociedad para tolerar el ambiente hostil y frustrante en que vive sumida. Al defender los valores nacionales, rescatar del olvido lo mejor del talento local, desarrollar actividades capaces de generar intercambio de ideas, ellos encarnan ese punto de encuentro vital donde se ancla la democracia. Lo menos que podemos hacer —y no por ellos, por nosotros mismos— es apoyarlos.

Fuente: www.prensalibre.com


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