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Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 18 de julio de 2005
elquintopatio@mac.com

Cuando una sociedad no cierra sus episodios de guerra interna, la violencia resurge, una y otra vez.

La firma de la paz firme y duradera representó un hito trascendental en la historia reciente del país. Sin embargo, no fue ese el punto final al conflicto interno ni marcó un antes y un después en la vida de las comunidades humanas a lo largo y ancho de Guatemala.

Para que esa paz se hiciera realidad y se iniciara un período de auténtica recuperación y reconciliación nacional, era preciso tomar ese momento de la firma como el comienzo del trabajo real de restauración del tejido social.

Esto debió hacerse por medio de acciones precisas y puntuales en temas tan importantes como la reestructuración del Estado y sus instituciones, la lucha contra el abuso de poder, la limpieza de focos de corrupción, la transparencia en la administración de los fondos públicos y una campaña decidida en favor de los más pobres a través de programas de desarrollo reales y efectivos.

Pero nada de eso se realizó. Y las consecuencias de ese “dejar de hacer” se viven hoy en la dramática degradación del nivel de vida de la población, en los índices progresivos de violencia criminal, en las cifras del narcotráfico, el lavado de dinero y el aumento del número de pandillas organizadas en todos los departamentos de la República.

Nada de esto es casual, como tampoco lo es la actitud beligerante de los integrantes de las Patrullas de Autodefensa Civil, quienes pasaron de las palabras a la franca y descarada violación de la ley por medio de actos intimidatorios en contra de la población civil y de los miembros de la Prensa.

Las heridas nunca fueron curadas del todo. Las poblaciones arrasadas durante las dictaduras militares aún existen en la memoria colectiva, donde también están las desapariciones forzadas y los cementerios clandestinos que resurgen poco a poco reclamando su sitio en la historia.

El duelo tampoco acaba mientras no se produzca un proceso colectivo de reconocimiento de la verdad y una delimitación de responsabilidades en los acontecimientos que dejaron al país dividido hasta en sus rincones más lejanos e inaccesibles.

Si las principales causas de la guerra interna fueron la desigualdad, la injusticia, la discriminación y la corrupción en los estamentos del Estado, es desolador constatar que casi una década después de la firma de la paz nada ha cambiado en esencia y esas mismas condiciones generan otra forma de guerra, más violenta aún, solapada, ubicua y liderada por un sector oportunista, cuya mayor ventaja es la debilidad de la democracia.

Este nuevo conflicto también es armado, pero sus frentes no se ocultan en la montaña, sino se exhiben abiertamente en las calles de las ciudades y en el interior mismo de miles de hogares guatemaltecos.

Fuente: www.prensalibre.com


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