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El Infiernito
Por Carolina Vásquez Araya - Guatemala, 24 de octubre de 2005
elquintopatio@mac.com

Si el infierno es el lugar a donde van las almas perdidas, el “Infiernito” podría describirse como el antro de los indeseables.

Toda sociedad tiene problemas, pero los de Guatemala rebasan el límite de tolerancia humana.

Es indudable que el origen de sus disfunciones viene de una historia de abuso político, injusticia y desigualdades por largo tiempo sostenidas, pero el tránsito hacia un estado democrático y, por ende, la progresiva instauración de un estado de Derecho, constituyó una esperanza válida y legítima para toda la población.

Sin embargo, el país va por la quinta administración de la era democrática, y en lugar de avanzar en la vía de la recuperación, parece retroceder. La dimensión de la violencia delincuencial no tiene parangón, y la carencia de controles para reducirla es propia de una clase política improvisada y más centrada en conquistar posiciones personales y de partido que en sacar al país del foso en que se encuentra.

Un ejemplo de la inoperancia del actual sistema es la integración del Congreso, la mayoría de cuyos representantes juega un triste papel en cada uno de los momentos importantes de la vida nacional.

Baste recordar las escenas de dolor reflejadas por televisión, cuando la tormenta Stan se abatió sobre una gran parte del territorio guatemalteco, y hacer un recuento de cuántos de los representantes legítimos de las áreas devastadas estaban en su puesto para socorrer a las víctimas, sus propios electores.

Se repite constantemente que la seguridad del país es un trabajo de equipo. Que si la población no denuncia, las autoridades no pueden intervenir. Que es preciso pagar impuestos puntualmente para que el Estado cuente con los recursos para combatir el crimen. Que el Gobierno hace lo que puede y sigue y suma...

Lo que no dicen es que una parte importante de las fuerzas de seguridad están involucradas con el crimen. Que los rateros del FRG y otros de administraciones anteriores se embolsaron el dinero de los impuestos pagados con sacrificio por la población honrada, el cual jamás se va a recuperar.

Que es imposible exigir confianza cuando los policías abusan de la población y los guardias penitenciarios negocian la libertad de los peores criminales. Que los fiscales carecen de recursos para investigar y hay jueces proclives a transar sentencias.

En fin, que las esperanzas de competir en un mundo globalizado son absurdas para una nación que se desmorona.

Se podría decir que la fuga de los reos del Infiernito es, finalmente, más de lo mismo. Es evidente el poder del crimen organizado frente a las instituciones del Estado, lo cual hace suponer que está mejor financiado y organizado que todo el aparato estatal junto. Ahora sólo resta esperar a que capturen a algunos de ellos y los vuelvan a meter al mismo Infiernito de antes y esperar una nueva fuga u otra nueva masacre.

Éste es un caso más entre otros muchos y la población ya conoce los mecanismos de las excusas oficiales. El problema es que las excusas no bastan, y no será con una nueva campaña electoral, llena de promesas y mentiras, como se puede a convencer a un pueblo decepcionado de las bondades de la democracia.

Fuente: www.prensalibre.com


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