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Alaide Foppa
Por Carol Zardetto - Guatemala, 13 de marzo de 2010

Este año se cumplen 30 de la desaparición forzada de Alaíde Foppa. Por razones que convergen de una manera asombrosa, haciéndonos pronunciar la misteriosa palabra destino, la vida de Alaíde pertenece a Guatemala y, por ende, Alaíde nos pertenece.

Curiosamente no nació, ni creció en estas tierras. Su vida se inició en Europa, así como fue allá que se formó su poderoso intelecto. Pero las líneas de su mano eran las hermanas gemelas de las profundas líneas de Guatemala, y señalaban un giro importante: estuvo aquí el día 20 de octubre de 1944. Alaíde tuvo un hijo de Juan José Arévalo y se casó con Alfonso Solórzano, quien fue funcionario de los gobiernos de Arévalo y de Árbenz y fundó el Partido Guatemalteco del Trabajo. Procrean a cuatro hijos y los educan para una misión que quizá no vislumbraron con claridad prístina en su momento.

Cuando la revolución guatemalteca fracasó todo su impulso reformador fue lanzado a la sombra y la clandestinidad, entronizando en la dudosa luz de la legitimidad a un poder abusivo, supresor y anquilosado. Alaíde perdió en el conflicto armado dos de sus hijos: Juan Pablo y Mario. Ella despareció el día 19 de diciembre de 1980. Se dice fácil. La noción de que un ser amado pueda desaparecer me ha parecido siempre particularmente horrenda. Nunca tuve que vivirla de manera directa, pero es mentira que no vivamos el horror de los otros. Como dijo el célebre poeta John Donne: “Nadie es una isla, completo en sí mismo… La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Alaíde es un símbolo importante para Guatemala y su destino histórico, pero con la misma fuerza y con especial ternura se trata de una mujer; cotidianeidad y preciosa fracción del rostro humano de este país.

Celebramos en fechas recientes el día de la mujer y es importante señalar cuánta responsabilidad asumió Alaíde como escritora. Usó su pluma y todos los espacios de expresión para cuestionar sobre la configuración de su destino: los estereotipos esclavizantes, los parámetros injustos, la violación de su dignidad mediante los prejuicios, la utilización de su cuerpo y de su sexualidad. Jean-Paul Sartre dice: “Ya que el escritor no tiene modo alguno de evadirse, queremos que se abrace estrechamente con su época; es su única oportunidad; su época está hecha para él y él está hecho para ella”.

Al final, ese es el legado de Alaíde. Ella asumió todas las responsabilidades que le impuso su tiempo. Al hacerlo sufrió de manera que no es posible poner en palabras, pero también hizo algo poderoso: sacó de las sombras, allí donde todo está callado, sin espíritu y sin alma; su propio destino. Al hacerlo, Alaíde se inscribe en nuestra memoria y no vamos a olvidarla.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 120310


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