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Dinero en costales
Por Dina Fernández - Guatemala, 4 de octubre de 2004

Es inaceptable que el Ejército maneje costales de cash

El otro día, charlando con un coronel retirado sobre la avalancha de escándalos de corrupción que la prensa ha revelado sobre el Ejército de Guatemala, me enteré de un detalle administrativo que me dejó fría.

“Mire”, me dijo el oficial, “para controlar toda esa robadera lo primero sería prohibir el manejo de tanto dinero en efectivo”.

“¿Cómo así?” pregunté. “¿Qué dinero maneja el Ejército en efectivo?”.

Por poco me caigo de la silla cuando este oficial me contó que desde siempre, el Ejército ha pagado las planillas de la tropa en cash: billete sobre billete, millones de quetzales.

Cada mes, el Ejército abre una catarata de dinero sin control. Dos camiones blindados de la institución armada —los mismos, por cierto, que en el anterior gobierno se encargaron de trasegar millones de quetzales de las bóvedas del Crédito Hipotecario Nacional— recogen el dinero en el Banco de Guatemala, donde no me extrañaría que se los entregaran en costales marcados con una Q, para hacer honor a nuestra realidad de caricatura.

El resto del procedimiento es un chiste. Los “planilleros” de verde olivo llevan el dinero a los cuarteles y lo reparten según unas listas que al parecer, tienen más agujeros que un queso suizo, pues de esas nóminas no retiran ni a los difuntos ni a los desertores, ni a quienes han sido dados de baja.

Los días de pago son de fiesta en el departamento de finanzas del Ejército, pues el dinero que regresa de los comandos se lo reparte la camarilla de ladrones encargada de los salarios.

Llega a tal punto el descaro de estos señores, que ni siquiera se preocupan en disimular el saqueo.

No es raro que falsifiquen, con la misma letra y el mismo lapicero, las firmas de los soldados ausentes.

No hay que olvidar que entre los geniales directores financieros del Ejército brillan cerebros como el hijo del general Efraín Ríos Montt, el general Enrique Ríos Sosa, quien también protagonizó otro sonado escándalo castrense: el desfalco del Instituto de Previsión Militar. Con ejecutores como él, uno entiende la sutileza de los procedimientos.

Dicho esto, no es de extrañarse que la Fiscalía contra la Corrupción haya detectado la semana pasada, el saqueo de Q18 millones en plazas fantasmas del Ejército.

De hecho, llama la atención que sólo encuentren pruebas por ese monto y habría que recomendarle al responsable de las pesquisas, Celvin Galindo, que revise con detenimiento cada nómina de pago, incluyendo los recibos del último programa de retiro voluntario, donde estoy segura, puede encontrar muchas sorpresas.

Por otro lado, el presidente Berger debe poner fin a esta farsa y ordenarle al Ejército que por lo menos empiece a usar cuentas bancarias para manejar la totalidad de su presupuesto.

No hay razón válida para que los militares pretendan seguir manejando el dinero en costales.

La única explicación posible para semejante situación es que en la institución armada hay interés por hacer que el dinero se desvanezca sin dejar rastro administrativo.

Esa actitud es propia de las redes de narcotraficantes y criminales afines, no de una institución del Estado que desde hace ratos debería estar explotando los beneficios de las instituciones bancarias y de los documentos de pago conocidos como “cheques”.

El actual gobierno no cesa de proclamar la política de transparencia como una de sus principales banderas. Pero lo más importante no es perseguir a los corruptos ni repetir que son honestos.

Ya es hora de hacer cambios en los sistemas administrativos del Estado que eliminen las posibilidades de dar gavetazos.

Eliminar la posibilidad de que el Ejército maneje, a su sabor y antojo, ríos de dinero en efectivo es un paso simple, definitivo y contundente en la dirección correcta.

Tomado de Prensa Libre www.prensalibre.com


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