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Querido Maco
Por Dina Fernández - Guatemala, 1 de noviembre de 2004

Un abrazo muy fuerte para el maestro Marco Augusto Quiroa

Debí contarle esto hace tiempo, pero ya sabe usted cómo somos de inútiles para compartir el torrente de nuestros cariños en el momento en que pasa y nos sacude.

Quería decirle que recuerdo el día en que aprendí a ver el mundo a través de sus ojos.

Sucedió en Quetzaltenango, cuando yo tenía unos 10 años. Mi mamá, la Anita, mi hermana y yo habíamos ido a una subasta para Aldeas Infantiles y quedamos paralizadas ante un cuadro suyo.

Era una pared de ventanas —verdes y grises— que se desvanecían unas dentro de las otras, hasta ascender a la esquina de la obra, desde donde asomaba el rostro pensativo de una mujer, envuelto en un perraje.

Anita compró el cuadro, pero yo me lo llevé grabado en la memoria, quizá porque de alguna forma entendí que usted y aquella mujer tenían muchas historias que contar desde esas ventanas abiertas entre la niebla.

Años después, ya adolescente, conocí a su otro yo, a Quiroa el escritor. Ese encuentro lo propició un libro de tapas moradas que tengo aquí a mi lado y está justo como usted dijo que quería verlo si algún día regresaba como el hijo pródigo: descolorido, “con las esquinas dobladas y las letras gastadas por tantos ojos que lo vieron”.

Los míos descubrieron en sus cuentos los mostradores de las tiendas de barrio, las noches de aguaceros, los patios con macetas tristes y los diálogos certeros, copiados con gracia de poeta y precisión sociológica.

No sé si se acordará, pero por aquellos días me animé a enviarle un cuento que usted me regresó, limpio de adjetivos, punto y comas y puntos suspensivos.

Ahí se me quitó lo “mish”, como usted diría, y comencé a buscarlo para robarle los secretos del oficio.

Me encantaba encontrármelo, porque conversar con usted era como bailar dentro de uno de sus libros.

Recuerdo una vez que hablamos en el Museo de Arte Moderno, frente a dos cuadros inmensos de la colombiana Tata Navia: uno ocre, de fuegos otoñales, y uno rojo chino, con una mesa negra sobre la cual descansaba un vaso casi transparente.

- ¿Cuál te gusta Xokomilita?, me dijo, acercándose muy serio, con las manos agarradas en la espalda.

- El rojo, respondí. Pero no sé por qué.

- Es fácil, me dijo al cabo de un compás en silencio. En la pintura café hay que esperar que pase lo que debe pasar. En cambio en el rojo ya pasó todo. Lo que te gusta es el sosiego del desenlace.

Ese encanto suyo le permitió cosechar amigos más allá de los temas irreconciliables.

Ya quisieran sus compañeros diputados poder convocar, sin almuerzo ni acarreo, a ese mundo de gente —desde bohemios de morral hasta señoras de lentejuelas y aderezo de perlas— que se reunió en la inauguración de su retrospectiva en Casa Santo Domingo.

Nosotros regresamos la semana siguiente para ver la muestra despacio, y lo volvimos a encontrar en el jardín.

Estaba un poco delgado, pero guapo y agradecido: con la vida, sus amigos, con su esposa Elsa Miriam y sus hijas.

No se lo dije entonces, pero agradezco la dicha de quererlo y haberlo conocido.

“Lo que se lee, se cree”, escribió usted una vez. Gracias por enseñarme a creer en la belleza de las palabras, en la poesía de lo cotidiano. Gracias por enseñarme que la Ceiba de Siquinalá es la casa de todos los pájaros del mundo, que “bajo las piedras de Antigua el tiempo es musgo” y que la felicidad es un corredor circular lleno de puertas.

Gracias por los perrajes de colores que igual sirven para cobijar la ternura de las madres que para secarse las lágrimas. Gracias por los gatos viejos y los pájaros que cantan en jaulas de varitas de caña.

No soy buena para las despedidas, así que le beso la frente. Lo vamos a reconocer siempre en el vuelo de los cenzontles y las luciérnagas, en los sueños de días mejores.

Tomado de Prensa Libre www.prensalibre.com


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