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No más racistas
Por Dina Fernández - Guatemala, 28 de marzo de 2005

Debe quedar claro que el racismo es una actitud odiosa, retrógrada e imperdonable.

El juicio en contra de cinco eferregistas acusados de discriminación, amenazas, coacción y desorden contra la Premio Nobel Rigoberta Menchú, constituye un precedente histórico.

El racismo ha sido una tragedia para esta sociedad, a la que todavía le atraviesa el corazón. Sin embargo, ya es hora de que nos arranquemos esa lanza y dejemos muy claro que en la Guatemala que queremos y soñamos, discriminar a alguien por el color de su piel, su apellido, su idioma, su indumentaria o el filo de su nariz constituye una actitud simplemente inaceptable.

Hechos salvajes como los ocurridos el 9 de octubre de 2003, cuando una turba de seguidores del general Efraín Ríos Montt se avalanzó sobre la Premio Nobel para insultarla, escupirla, burlarse de su vestimenta, amenazarla y enviarla a “vender tomates” al mercado, merecen ser castigados con toda la energía que permita la ley.

La muchedumbre que agredió a la señora Menchú en la Corte de Constitucionalidad, cuando ella intentaba oponerse a la inscripción del octogenario militar como candidato presidencial, estaba nutrida por más de 200 militantes del Frente Republicano Guatemalteco, (FRG).

De todos ellos sólo hay cinco acusados: Juan Carlos Ríos Ramírez, nieto del general Ríos Montt; la diputada al Parlacen Ana Cristina López Kestler; y tres agitadoras más, Elvia Domitila Morales de López, Vilma Orellana Ruano y Enma Concepción Samayoa de Rosales.

Con esos números, les salió barato tirarse contra la guatemalteca que nos representa en el resto del mundo. Pero dada la jerarquía de Ríos Ramírez, quien goza de todas las prerrogativas de ser miembro de la familia real del FRG, y de la diputada López Kestler, cuyos alaridos y aspavientos, inmortalizados por las cámaras, lucen realmente dignos de una representante parlamentaria, al menos consuela saber que parte de los dirigentes de esta turba deben enfrentar la responsabilidad de sus actos.

Los vídeos, las fotos, los testigos y las explicaciones ofrecidas por sicólogos, lingüistas y antropólogos demuestran que los sindicados están envenenados de prejuicios, y lo que es más grave aún, que están dispuestos a convertir ese odio en violencia.

Atacar a una persona por su supuesta condición biológica -como si tener cierta combinación de genes fuera un crimen comparable, digamos, a exterminar gente o saquear los fondos del Estado-, además de una estupidez, constituye una infamia que no podemos seguir permitiendo.

Demasiadas veces la historia nos ha enseñado cuán fácil resulta pasar de los insultos gratuitos a la satanización de pueblos enteros y de ahí al genocidio. Y en el caso de Guatemala, no estamos hablando de la posibilidad remota de que en nuestro suelo ocurran las atrocidades del Holocausto, de los Balcanes o de Ruanda.

Aquí el peligro es la reincidencia de un infierno que si bien surgió de la guerra fría por razones geopolíticas e ideológicas, también tuvo un componente étnico innegable y un protagonista de apellido Ríos Montt.

Las penas que la ley impone para los delitos cometidos contra la Premio Nobel no son muy altas: apenas de uno a seis años de cárcel.

Ninguna condena que dicten los jueces borrará la humillación y las ofensas sufridas por la señora Menchú. Lo que sí podría lograr la decisión del tribunal es empezar a poner fin a un abuso ancestral.

Queremos transformaciones profundas para esta sociedad que durante siglos ha sido segregada y excluyente, no muestras vacías de corrección política. Pero para vivir como si realmente creyéramos en los argumentos de Fray Bartolomé de las Casas, es necesario empezar por dejar de agredirnos de viva voz.

Quizá de esta manera al fin dejemos de escuchar la palabra “indio” proferida como un insulto. Y quizá también, logremos que los militantes de cualquier agrupación política piensen un poco la próxima vez que sus líderes intenten usarlos como perros de ataque para cometer vilezas.

Fuente: www.prensalibre.com


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