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Narcos por doquier
Por Dina Fernández - Guatemala, 28 de noviembre de 2005

Vamos camino a convertirnos en bastión del narcotráfico internacional

El ministro de Gobernación, Carlos Vielmann, enciende un cigarrillo y le da un jalón profundo.

En sus manos se percibe un ligero temblor. Se le ve cansado, molesto, abrumado.

Durante dos horas, expone las dificultades que está enfrentando en la lucha contra el narcotráfico, un tema que ha ocupado titulares a partir de la captura en EE.UU. de los tres oficiales guatemaltecos que dirigían el Servicio de Análisis e Información Antinarcóticos (Saia) “El narcotráfico es la raíz de esta violencia insoportable”, afirma Vielmann.

En los barrios populosos de la ciudad, explica, el narco mueve los hilos de las maras y controla a los pandilleros que asaltan, cobran “impuestos”, arrojan a la gente de sus casas, violan y matan.

En los barrios de lujo, prosigue, el narco entra de la mano de testaferros y abogados de tacuche, pero igual saca la billetera y manda.

Los guatemaltecos nos damos baños de pureza al hablar del narcotráfico, pero la verdad es que tenemos a los carteles de la droga metidos hasta en la cocina.

La realidad que el ministro describe se parece mucho a la Colombia de los 80, cuando Pablo Escobar compraba jueces, legisladores, empresarios y hasta presidentes.

¿Cómo es posible que haya tipos que compren en efectivo decenas de autos nuevos o un condominio completo? ¿Quién acepta que le paguen por una casa el doble de lo que vale, cash, y no se pregunta de dónde viene ese caudal de billetes?

Vielmann no nos está diciendo algo nuevo, pero es la primera vez que un ministro de Gobernación confiesa tan llanamente que tiene las manos atadas ante uno de los principales problemas de seguridad que afectan a nuestro país.

El narco nos tiene paralizados, ya sea por miedo, por indiferencia o por complicidad.

El lavado de dinero, por ejemplo, ha aumentado en nuestro patio a pesar de que se han incrementado las restricciones a los negocios hechos con dinero en efectivo.

Ahora, la ley obliga a los bancos a reportar cualquier transacción mayor de US$10 mil o su equivalente en quetzales, a la Intendencia de Verificación Especial (IVE) de la Superintendencia de Bancos.

Al parecer, los bancos están cumpliendo con el requisito e informan de estos movimientos de dinero, pero —según el ministro— ni la IVE ni el Ministerio Público investigan quiénes están detrás de esos negocios, a qué cuentas y empresas aparecen vinculados, ni la SAT se ha puesto a hurgar si quienes manejan esta telaraña de negocios pagan impuestos.

Con razón desde hace años venimos escuchado los nombres de los capos de la droga, en Petén, oriente y la costa sur, y nunca parece acecharlos la justicia. Por el contrario, si sabemos de ellos es cuando nos enteramos de que han adquirido un nuevo negocio, que disfrutan de un jugoso contrato con el Estado, que andan de dirigentes deportivos…

Tan es así que se ha vuelto famosa una anécdota protagonizada por uno de los capos peteneros. Cuando le preguntaron “¿y usted es de Sayaxché?”, el hombre contestó “no, Sayaxché es mío”.

El poder del narco no ha hecho más que aumentar desde hace 10 años. Nuestra piltrafa de Estado, en lugar de detenerlo, está penetrada cual muñeca vudú por los alfileres del crimen organizado.

Me pregunto de dónde va a salir el liderazgo para enfrentar un peligro tan descomunal.

Vielmann dice que para empezar a hacer algo necesita que se tipifiquen los delitos de conspiración y asociación para delinquir, y establecer un marco jurídico que le permita realizar escuchas telefónicas, entregas controladas de droga e infiltración de agentes encubiertos.

Sin embargo, me da la impresión de que la lucha contra el narcotráfico no aparece todavía entre las prioridades de esta sociedad.

Mucho me temo que, como sucedió en Colombia, tengamos que sufrir aún más para empezar a enderezarnos.

Fuente: www.prensalibre.com


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